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Jueves, 10 de Abril de 2008
Las escondidas ansias de un evidente deseo.
Por jorge carrascal @ 06:59 p.m. :: 136 Views :: 0 Comentario(s) :: Columnistas
 

Las lágrimas son el rezumo cristalino de la pena,
y los sueños su candoroso pañuelo de blanca seda.

Yo también tuve un sueño antenoche. Soñé largamente, y en el sueño vi la cara esplendorosa y satisfecha de Jorge. Venía alzado en hombros de exaltados amigos que no paraban de corear vítores por el recién llegado. Recuerdo con asombrosa nitidez los batuqueados pasacalles dándole la bienvenida, el estrepitoso tronar de cohetones lanzados al aire, la incontable presencia de largas serpentinas, los inmensos globos bailando sin ton ni son, la improvisada banda y los bulliciosos conjuntos por doquiera pasara la vista y agudizara mis oídos. Y en la abigarrada multitud distinguí, tal si fueran faros luminosos en tempestuosa noche, a un par de respetables ancianos que, tomados amorosamente de las manos, se les alcanzaba notar el afanoso intento por seguirle el paso a la rauda y bulliciosa precesión. Al acercarme para reconocer sus ajados y cetrinos rostros, comprobé que se trataban, nada más y nada menos, de don Óscar y doña Clara. Venían sudorosos, acezantes y llorosos: las 2 primeras condiciones, por el esfuerzo de su ya perezoso andar; y la segunda, porque “sentimos una dicha tan grande e indescriptible, Jorge, me dijeron, que venimos llorando de alegría por este implorado y concedido milagro de Dios”. Luego, secadas las gruesas y profusas gotas de sudor y llanto, se les vio continuar tozudamente la marcha, respondiendo el saludo de tanto amigo presente.

Llegamos a una casa blanca, de cenefa café, arqueadas ventanas, anchas puertas, de largos y amplios corredores adornados con colgadizas materas repletas de plantas multicolores, patio de frondosos árboles en los que pendían cuidadas y variadas orquídeas. Entramos por debajo del cobertizo que formaba una caprichosa y florecida enredadera, y en la parte alta de una de las columnas de madera que sostenían el techo, se alcanzaba a ver un enmarcado cuadro luciendo un refrán de grandes letras rojas: “Puede más 1 gota de miel que otra de hiel”. Lo leí despacio y sin afanes, desprevenido quizás. Luego nos sentamos en cómodos y desajustados taburetes de cuero y madera, y enseguida se le ordenó al conjunto de músicos -maestros en la ejecución del clarinete, el tiple, la guitarra y la bandola- que empezaran a tocar “Calor de fiesta” del ausente tío Memo Lemus. Te oí complacido gritar: A mí que me traigan un trago de bolegancho de pantalón largo, y para ustedes, ¡lo que quieran!. ¡Vamos a brindar por lo que ya pasó y lo que falta por venir”. Y como si un invisible director de orquesta hubiese levantado las manos para iniciar la musical actuación, empinamos las copas al unísono y nos tomamos el trago sin desentonar una sola semicorchea. Y después, el suculento sancocho, los apretados abrazos, los babosos besos, y el infaltable llanto cerrando las interminables y disímiles peroratas. Yo por vos soy capaz de meter las manos al fuego, me decía un pegajoso borrachito, y en seguida me di cuenta que el tipo no tenía sino un par de ñocos que le quedaron después de una desafortunada pesca con dinamita en Gamarra...
Sólo faltó el ciego que me expresara su viva afición por leer mis relatos, ¡incluido éste!

Ahora que estoy escribiendo esta historia de claras connotaciones onirológicas, caigo en la cuenta, confrontada la realidad actual de Jorge, hombre culto y bondadoso, en la implícita señal que el visionario refrán encerraba, entonces reflexiono ceñudamente y lo recompongo diciendo de esta otra concluyente forma:
“Puede más 1 gota de persistencia y tenacidad que otra de indiferencia y desidia”.

JORGE CARRASCAL PÉREZ.
Ibagué abril 6 de 2.008

Trasiegos
Llanto báñame de dolor el alma toda
unta de acíbar y acre hastío mis labios
y si menester fuera clava filosa espada
aun cuando exangüe el corazón resistiese
antes que declinaran los bríos del verso
y cesaran los pujos del parto liberador
y se desatara el cruel eco de la soledad
y atropellara el silencio al canto esperanzador
y el trago optimista se atorara en la garganta
y atormentaran las ariscas penumbras al cautivo…
Jorge Carrascal Pérez.

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