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Miércoles, 12 de Marzo de 2008
Hospis, hostes
Por Administrador Cocota.com @ 07:26 p.m. :: 596 Views :: 0 Comentario(s) :: Actualidad
 

En Ocaña aún se pueden ver calesas, carruajes y carrozas tiradas por finísimos caballos, en su  interior se encuentran encumbradas personalidades del ámbito local  acompañadas de un sequito de ayudas de cámara, amas de llaves, institutrices, tutores, etc. Son  rancios aristócratas  que viven aun en la época de la corte de Luís XVI  o como en los esplendidos salones del Palacio de Verano de San Petersburgo  del siglo XIX. Estos curiosos “nobles” con más cuarteles en su árbol genealógico  que un reyezuelo francés  miran con desden a los siervos de la gleba y a toda la gente de baja jaez que los rodea y sobre todo miran con desprecio a quienes no nacieron en su minúsculo reino.  Tan curiosos personajes abundan por doquier y  son un remanente de una aristocracia fabulada por ellos mismos, nacida  de su mentalidad esquizoide. Su constante discriminación al resto de la población  es un ingrediente más para alimentar el  arribismo enfermizo de los ocañeros y su aberrante clasismo. Es además otra forma de violencia que aunque no física es igual o más dañina porque vulnera lo más profundo y sagrado del ser humano, su dignidad. Y  también crea barreras entre la población en vez de  derrumbarlas. Dentro de las grandes  familias “aristocráticas” locales  es muy corriente referirse al resto de la población con  términos tan despectivos como la “chusma”, “la plebe”, “la gentuza”, “el populacho”, “la vulgata” y otros  adjetivos  muy poco amables   y muy anacrónicos. Obviamente  estas familias  se ubican entre la gente bien (un termino bastante difuso),  de grandes tradiciones y grandes historias que se remontan siglos atrás, tantos que terminan emparentados con nuestros  indígenas, a  quienes también discriminan. Los nobles locales solo acceden a diluir su nobilísima sangre en sospechosas mezclas sociales cuando el pretendiente  del  vulgo se acerca  con una buena  dote  que  hace olvidar su origen popular cuando no  campesino. 

 

Por su situación  geográfica en Ocaña  convergió – y aun converge -  la inmigración de los pueblos vecinos desde  de  la época de la violencia de los años cincuenta. Siempre ha existido lenta pero constante aunque  ha cambiado su ritmo  por diferentes circunstancias. Los inmigrantes de la región vinieron también por  motivos tan disímiles como mejor educación  mejores mercados y empleos,  o incluso mejor estilo de vida.  Los nuevos habitantes  asimilaron con facilidad  su nuevo entorno y muchos son parte de familias muy respetadas de Ocaña. Luego  vino un periodo de relativa calma  y la inmigración fue decreciendo  hasta  la mitad de  los años  ochenta del siglo pasado cuando  se recrudeció la violencia en nuestro país   y los campesinos fueron  sacados violentamente de  sus campos y  empujados a áreas urbanas. Llegaron con el único fin de sobrevivir y recomenzar una nueva vida, pero encontraron - y aun encuentran -  una ciudad medieval que erige muros no de ladrillos sino de intolerancia en contra del extranjero, pero de los pueblos vecinos… porque entrega la ciudad a los extraños.  Desde siempre los inmigrantes (desplazados, campesinos, extranjeros, etc.) han encontrado una ciudad con un fuerte sistema de castas como en  la  India  o  en el   antiguo Egipto. La  intolerancia de los ocañeros  con los inmigrantes campesinos es parte de su dudosa identidad y  llegó a extremos  ofensivos  cuando se imprimió una calcomanía cuyo texto era: “SOY DE LA COLONIA DE GUICHOS DE GUICHOLAND”. Xenofobia rural en su máxima expresión  que fue recibida por los “raizales” (guichos neonazis)  con mucha sorna y agrado pues la encontraron muy ingeniosa. Olvidaron,   por su miopía cultural y su   discriminación morbosa,  contemplar una  circunstancia   ajena a cualquier ser humano  como es la de  nacer en tal o cual lugar. Cualquiera que haya nacido en los pueblos vecinos queda estigmatizado por esta recurrente aberración cultural de la mayoría de los ocañeros que  marcan  a las personas como lo hiciera Hitler en la II guerra mundial con sus denigrantes estrellas de colores, con las  cuales reducía las personas a  ínfimas etiquetas  y  les quitaba toda su dimensión humana. En Ocaña  la palabra “campero” es un  INRI que se lleva para toda la vida y traspasa todas las generaciones.  No importa el éxito alcanzado  ni la calidad humana que  tenga una persona, siempre hay alguien dispuesto  a recordarle   que proviene de tal o cual pueblo, vereda, filo, etc. “Campero” es el peor insulto  que se pueda proferir en esta ciudad de  blasón y porquería. Si bien la llegada de los inmigrantes campesinos ha causado traumatismos a la ciudad también ha sido parte del desarrollo de Ocaña. Y aunque ha sido un desarrollo caótico la culpa no la tienen, ni la han tenido, los inmigrantes sino las administraciones municipales que no supieron definir  políticas respecto a ningún aspecto de la ciudad. Además los ocañeros nunca  supieron defender las pocas tradiciones que tenían y asimilaron  las foráneas, pues nunca existió una identidad definida, una cultura fuerte, ni siquiera  una idiosincrasia arraigada o una elite  culta que defendiera su patrimonio pues nunca existió una clase alta ni social ni económicamente, tan solo una caricatura de otras clases altas  que a su vez son un chiste.

 

Debido a la inmigración que hubo hacia América a finales del siglo XIX y comienzos del XX nuestra ciudad  también se nutrió de diferentes grupos  provenientes de otros países que  enriquecieron nuestra herencia cultural y genética. Estos  inmigrantes se  hicieron a la mar en busca de un mejor mañana, muchos eran pastores y  campesinos, unos cuantos venían de ciudades, la mayoría de pueblos, unos tenían estudios pero la mayoría no. Eran  gentes  humildes,  trabajadoras  y honestas  que le  dieron   gran vitalidad al comercio de Ocaña y venían de lugares tan lejanos como  Italia, Alemania, Irlanda, Francia,  El Líbano y Siria. Ellos vieron en América la tierra prometida y  dejaron atrás toda su historia y a veces toda su familia para recomenzar una nueva vida, una más amable y prospera que en sus países de origen. Al final todos sintieron que amaban más esta tierra  que la propia.  Infortunadamente con  el transcurrir de los años  muchos inmigrantes olvidaron su humilde y romántico pasado y se convirtieron gracias a la sonoridad  fonética de sus apellidos, algunos hispanizados, en una casta de nobles que reclama parentesco con todas las casas reales de   Europa y  el Medio Oriente, con prestigiosas familias irlandesas, con   mártires de la republica italiana,  con banqueros judíos o  con  linajudas familias del mediodía francés. Inclusive algunos aseguran que nos civilizaron, que trajeron el cine, la luz, etc. Y aunque  ayudaron a popularizar el cine, este  no fue traído por ellos, el primer cine de Ocaña fue el Kine Pacheco y la primera planta eléctrica la trajo Martín Quintero. Una señora de origen sirio libanés, talvez familia de algún jeque, llegó más lejos cuando en una conversación me aseguró que ellos (los siriolibaneses)  nos  habían enseñado a comer pues “en Ocaña la gente  solo comía yuca y pescado”. La frase fue acompañada de una complicada mueca en la boca   y  mucho desprecio. Ante tamaña estupidez  callé, pues no debía dignificar con ninguna replica una burrada de ese tamaño. Los  hijos  y nietos de esos primeros inmigrantes  no quieren recordar el  pasado romántico y  el origen humilde de sus ascendientes, quienes al instalarse en Ocaña sintieron el peso de la discriminación,  pues  históricamente el inmigrante  ha sido visto como una amenaza, inclusive en nuestros días. Es paradójico que teniendo muchos inmigrantes un origen campesino  discriminen a nuestros campesinos y a nuestra población, de discriminados pasaron a ser  discriminadores. Trabajaron duro para ser aceptados y  fueron aceptados, es una experiencia que no deben olvidar.

 

Otro sector de la población  también discrimina a los campesinos,   a los  desplazados, y a sus mismos paisanos. La paridad de pensamiento con el grupo de   inmigrantes  extranjeros   es la misma, la diferencia sutil  es que este augusto grupo de aristócratas locales, de  apellidos muy silvestres,   reclama su parentesco con los Reyes Católicos y toda la nobleza de España. Se resisten a ser descendentes de toda la mierda que abordó los barcos españoles llenos de exconvictos, criadores de puercos (como aseguraba Germán Arciniegas),    putas, ladrones, etc.  Además de  picaros  varios que compraron sus títulos a sus asquerosas majestades. Nuestros  “nobles”  criollos insisten en tener comprobados lazos con virreyes, conquistadores, adelantados, etc.  Lo cual es muy   preocupante, pues quienes trabajaban en los barcos  era gente “más honesta”,   en cambio los nobles  eran  (y los son aún) solo  haraganes,  parásitos que crearon  sus imperios y sus fortunas  a base de trampas, asesinatos, violaciones,  robos, invasiones, etc. Si querés  comprobarlo buscá la historia y  constatarás  que es más noble una campesina nuestra que una vieja loca como la reina de Inglaterra en cuyo árbol genealógico están  representados  todos los crímenes de la humanidad.  

 

Para entender la discriminación en Ocaña  hay que adentrase en el lenguaje pues tiene nombre propio: “campero”. Y según la definición de la gente,  “campero”   es alguien que nace  en  los pueblos vecinos  o dentro de los estrechos límites que sugería un mediocre periódico de los años cincuenta: de  Villanueva a Las Llanadas y de La Piñuela a La Costa.  Los habitantes  de  barrios nuevos y populares que ya tienen décadas como  los  de la ciudadela norte – un apartheid dentro de la ciudad -  son  considerados  como “camperos”. Entonces, aunque  alguien nazca en Ocaña puede ser  “campero”  porque   nunca  adquiere la nacionalidad, menos  si tiene ascendencia de otro pueblo vecino. Una amiga mía me tenia mamao, siempre decía:   fulanito era “campero”,  zutanito  también es “campero”, fulanito nació  aquí y  zutanito allá. Hasta cuando me rebote: “mirá, tus abuelitos, tus tías y tu mamá son de ese mismo pueblo. Entonces ustedes  también  son camperos”. Jamás volvió a mencionar la palabra delante de mí. La destruí con su mismo discurso. Para soslayar las inevitables contradicciones que surgen dentro de esta discusión absurda avezados intelectuales nuestros han inventado una explicación tan frágil como tonta: la palabra campesino  no se refiere a un origen sino a un comportamiento, y puede especificar miles de situaciones y acepciones.   “Campero” puede significar que  una persona  tiene un pésimo gusto (¿quien define este absurdo  parámetro?),  que no sabe hablar,  que  no conoce   o   no entendió algo, que se viste mal, que no tiene modales, etc.  A  pesar de  que existen palabras para cada caso (lobo, ordinario, chabacano, ignorante, lento,  grosero, cursi, ridículo, desaliñado, maleducado, cafre, etc.)  muchos  ocañeros  prefrieren usar la maldita palabra  porque maltrata más y  efectivamente   recuerda un origen,  como si fuera un pecado no haber nacido en  esta ciudad tan culta…  

 

Por  la presión de los ocañeros  muchos habitantes de los pueblos vecinos reniegan y se avergüenzan   de su lugar de origen.   La mayoría no es capaz de decir con orgullo que es de de tal o cual pueblo sino que  asegura  ser oriunda  de Ocaña, más cuando  está  en otras ciudades. Inclusive hay quienes se disculpan así: “yo  soy de Ocaña, es mi papa quien era de Buenavista”. Yo me sentiría honrado de haber nacido en cualquier pueblo pues hay muchos  más bellos que Ocaña – que ya  tiene muy poco -   y cada  uno  tiene su encanto particular: Pueblo Nuevo es el Cómala de Pedro Páramo, aunque  muchos ocañeros ya  están acabando con él. Abrego tiene un hermoso paisaje que no ha sido explotado pero sucede lo mismo, también lo están destruyendo. La Playa y El Carmen me dejan sin palabras. Para  rematar un brillante historiador  se  inventó una teoría muy particular: existen  ocañeros de Abrego, ocañeros de La Playa, ocañeros de El Carmen, ocañeros de Buenavista, etc.  Seria  como decir  que hay cucuteños de Chicanota, rolos de Sopo, bumangueses de san Gil. Pero  los ocañeros son difíciles de engañar pues son  expertos en rastrear  orígenes, cuando oyen un  apellido  sacan   su   valioso gotha local y  refutan: “Qué viene a hablar ese campero  si es  Abrego”, o   sino escupe otra perla: “Si el papa de ellos era de  Teorama y la abuelita de un filo llamado El Cerro de las Flores”. Sin embargo,  cuando algún “campero”  es muy importante  lo acogen como “hijo de la provincia”, de lo contrario es simplemente “un campero hijueputa”. La   hipocresía de  los ocañeros  es tal que aunque consideran a  toda la gente de  La Playa “campera” se sienten dueños de Los Estoraques.

 

 En toda esta  enfermiza discriminación aparece una increíble paradoja: ¡Entre los mismos discriminados hay discriminación! Los primeros campesinos   en llegar a la ciudad tratan a sus paisanos y familiares  de “camperos”. Parece ser que llegar primero  les otorgó, en teoría, la nacionalidad ocañera   y  el derecho para discriminar a su propia gente. Es muy corriente oír a los habitantes  de un mismo pueblo calificándose  entre sí  de “camperos”. Fácilmente olvidan un origen común y tratan a toda costa de esconderlo. Por esa razón  muchas familias de origen campesino se pertrecharon en los esplendidos y versallescos  clubes de nuestra  ciudad para echarle “bolas negras”  a sus paisanos y  familiares por su  condición de “camperos”. Otras  esconden  la foto de los  abuelos cuando eran campesinos y  pobres (si eran ricos se sienten menos “camperos”) e inician su árbol genealógico en el momento que  ya están prosperas.

 

Los ocañeros se  han quejado tradicionalmente de estar gobernados  por “camperos” y  de que,  según una frase muy popular entre los “raizales: “esto se lleno de camperos” (Shh, Shhh, les voy a contar un secreto: muchos  excluyentes “raizales” son “camperos” pero ni siquiera ellos mismos lo saben. Vamos a hacerles   creer ignoramos  la mentira que se han inventado, es un cuestión de caridad.)  Se quejan además de que los alcaldes no  son de aquí,  que no han hecho nada por Ocaña, que son unos ladrones, etc.  Y sin embargo, el caos   que actualmente vivimos lo empezaron los alcaldes ocañeros, sobre todo los recalcitrantes “raizales”,  quienes  destruyeron incluso  la arquitectura de la ciudad y la  sumieron en un atraso del cual no ha salido. Para expiar  estos pecados   muchos  nostálgicos ocañeros   vuelven a las ruinas de la ciudad  para culpar a los “camperos”  de todos sus males  y  para quejarse del caos que  ellos  iniciaron con tanta fruición. En Ocaña la mayoría de la gente persiste en sus anacrónicos prejuicios sustentados en la estrechez mental de aquellos que pregonan abolengos y noblezas irreales, mientras que  la verdadera esencia del ser humano no es tenida en cuenta. Se propaga una forma de intolerancia producto de la ignorancia de unos  cuantos imbeciles que apoyan su existencia en nimiedades propias de su paupérrimo entorno cultural e intelectual.

 

P:S: Amables lectores: estoy  haciendo un álbum familiar de Ocaña,  el cual reúne las vivencias, los lugares y las personas de la ciudad. El archivo incluye fotos  y videos familiares  de todo tipo, paseos,  matrimonios, inmigrantes, fiestas, Semana Santa, mujeres bellas, desfile de Los Genitores, reinados, etc.  Aclaro que es un álbum de fotos y  videos   en blanco y negro o de fotos a color  retocadas a mano. Luego procederé a hacer un archivo a color.  A la fecha tengo más de cien fotos antiguas. La idea es recoger a través de Internet un archivo visual para Ocaña pues no lo tiene. Ocaña tampoco tiene una historia del siglo XX (mi articulo sobre el cine de Ocaña está detenido por falta de información, cuento solo con anécdotas y otros registros orales que hay que confirmar). No hay un Museo De Arte (MAO: Museo de Arte de Ocaña lo he bautizado yo) que recoja toda la obra de nuestros artistas para dar fe de su talento, muchos reconocidos internacionalmente. Infortunadamente y  a pesar de  que existen necesidades mas inmediatas,  algunos románticos incurables en una inexplicable  locura retrograda insisten en  volver a montar el Cable Aéreo y la  verdad yo no me veo tilingando en  una de esas canastas por “saninvilla” mientras las balas silban alrededor mío. Aunque unos menos románticos insisten en un cable entre ¡Cristo Rey y la Santa Cruz! Tampoco me veo pasando por el parque mientras un guicho  escamoso me grita “saludá lindu” o  cosas por el estilo. Entonces por favor cualquier material que tengan en su poder ya sea fotos, documentos, textos, revistas, libros, o lo que sea,  me los pueden enviar al correo albumfamiliardeocana@gmail.com. De antemano les doy gracias  por su colaboración y su interés.  

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