En Ocaña aún se pueden ver
calesas, carruajes y carrozas tiradas por finísimos caballos, en su interior se encuentran encumbradas personalidades
del ámbito local acompañadas de un
sequito de ayudas de cámara, amas de llaves, institutrices, tutores, etc.
Son rancios aristócratas que viven aun en la época de la corte de Luís
XVI o como en los esplendidos salones
del Palacio de Verano de San Petersburgo
del siglo XIX. Estos curiosos “nobles” con más cuarteles en su árbol
genealógico que un reyezuelo francés miran con desden a los siervos de la gleba y a
toda la gente de baja jaez que los rodea y sobre todo miran con desprecio a
quienes no nacieron en su minúsculo reino. Tan curiosos personajes abundan por doquier
y son un remanente de una aristocracia
fabulada por ellos mismos, nacida de su
mentalidad esquizoide. Su constante discriminación al resto de la población es un ingrediente más para alimentar el arribismo enfermizo de los ocañeros y su
aberrante clasismo. Es además otra forma de violencia que aunque no física es
igual o más dañina porque vulnera lo más profundo y sagrado del ser humano, su
dignidad. Y también crea barreras entre
la población en vez de derrumbarlas. Dentro
de las grandes familias “aristocráticas”
locales es muy corriente referirse al
resto de la población con términos tan
despectivos como la “chusma”, “la plebe”, “la gentuza”, “el populacho”, “la
vulgata” y otros adjetivos muy poco amables y muy anacrónicos. Obviamente estas familias se ubican entre la gente bien (un termino
bastante difuso), de grandes tradiciones
y grandes historias que se remontan siglos atrás, tantos que terminan
emparentados con nuestros indígenas, a quienes también discriminan. Los nobles
locales solo acceden a diluir su nobilísima sangre en sospechosas mezclas
sociales cuando el pretendiente del vulgo se acerca con una buena dote
que hace olvidar su origen
popular cuando no campesino.
Por su situación geográfica en Ocaña convergió – y aun converge - la inmigración de los pueblos vecinos
desde de
la época de la violencia de los años cincuenta. Siempre ha existido lenta
pero constante aunque ha cambiado su
ritmo por diferentes circunstancias. Los
inmigrantes de la región vinieron también por
motivos tan disímiles como mejor educación mejores mercados y empleos, o incluso mejor estilo de vida. Los nuevos habitantes asimilaron con facilidad su nuevo entorno y muchos son parte de
familias muy respetadas de Ocaña. Luego
vino un periodo de relativa calma
y la inmigración fue decreciendo
hasta la mitad de los años
ochenta del siglo pasado cuando
se recrudeció la violencia en nuestro país y los campesinos fueron sacados violentamente de sus campos y
empujados a áreas urbanas. Llegaron con el único fin de sobrevivir y
recomenzar una nueva vida, pero encontraron - y aun encuentran - una ciudad medieval que erige muros no de
ladrillos sino de intolerancia en contra del extranjero, pero de los pueblos
vecinos… porque entrega la ciudad a los extraños. Desde siempre los inmigrantes (desplazados,
campesinos, extranjeros, etc.) han encontrado una ciudad con un fuerte sistema
de castas como en la India o en
el antiguo Egipto. La intolerancia de los ocañeros con los inmigrantes campesinos es parte de su dudosa
identidad y llegó a extremos ofensivos cuando se imprimió una calcomanía cuyo texto
era: “SOY DE LA COLONIA DE
GUICHOS DE GUICHOLAND”. Xenofobia rural en su máxima expresión que fue recibida por los “raizales” (guichos
neonazis) con mucha sorna y agrado pues
la encontraron muy ingeniosa. Olvidaron,
por su miopía cultural y su
discriminación morbosa, contemplar una circunstancia
ajena a cualquier ser humano como es la de nacer en tal o cual lugar. Cualquiera que haya
nacido en los pueblos vecinos queda estigmatizado por esta recurrente
aberración cultural de la mayoría de los ocañeros que marcan
a las personas como lo hiciera Hitler en la II guerra mundial con sus
denigrantes estrellas de colores, con las
cuales reducía las personas a
ínfimas etiquetas y les quitaba toda su dimensión humana. En
Ocaña la palabra “campero” es un INRI que se lleva para toda la vida y traspasa
todas las generaciones. No importa el
éxito alcanzado ni la calidad humana que
tenga una persona, siempre hay alguien
dispuesto a recordarle que
proviene de tal o cual pueblo, vereda, filo, etc. “Campero” es el peor
insulto que se pueda proferir en esta
ciudad de blasón y porquería. Si bien la
llegada de los inmigrantes campesinos ha causado traumatismos a la ciudad
también ha sido parte del desarrollo de Ocaña. Y aunque ha sido un desarrollo
caótico la culpa no la tienen, ni la han tenido, los inmigrantes sino las
administraciones municipales que no supieron definir políticas respecto a ningún aspecto de la
ciudad. Además los ocañeros nunca
supieron defender las pocas tradiciones que tenían y asimilaron las foráneas, pues nunca existió una identidad
definida, una cultura fuerte, ni siquiera
una idiosincrasia arraigada o una elite
culta que defendiera su patrimonio pues nunca existió una clase alta ni
social ni económicamente, tan solo una caricatura de otras clases altas que a su vez son un chiste.
Debido a la inmigración que
hubo hacia América a finales del siglo XIX y comienzos del XX nuestra ciudad también se nutrió de diferentes grupos provenientes de otros países que enriquecieron nuestra herencia cultural y
genética. Estos inmigrantes se hicieron a la mar en busca de un mejor mañana,
muchos eran pastores y campesinos, unos
cuantos venían de ciudades, la mayoría de pueblos, unos tenían estudios pero la
mayoría no. Eran gentes humildes, trabajadoras y honestas que le
dieron gran vitalidad al
comercio de Ocaña y venían de lugares tan lejanos como Italia, Alemania, Irlanda, Francia, El Líbano y Siria. Ellos vieron en América la
tierra prometida y dejaron atrás toda su
historia y a veces toda su familia para recomenzar una nueva vida, una más
amable y prospera que en sus países de origen. Al final todos sintieron que
amaban más esta tierra que la propia. Infortunadamente con el transcurrir de los años muchos inmigrantes olvidaron su humilde y
romántico pasado y se convirtieron gracias a la sonoridad fonética de sus apellidos, algunos
hispanizados, en una casta de nobles que reclama parentesco con todas las casas
reales de Europa y el Medio Oriente, con prestigiosas familias
irlandesas, con mártires de la
republica italiana, con banqueros judíos
o con linajudas familias del mediodía francés.
Inclusive algunos aseguran que nos civilizaron, que trajeron el cine, la luz,
etc. Y aunque ayudaron a popularizar el
cine, este no fue traído por ellos, el
primer cine de Ocaña fue el Kine Pacheco y la primera planta eléctrica la trajo
Martín Quintero. Una señora de origen sirio libanés, talvez familia de algún
jeque, llegó más lejos cuando en una conversación me aseguró que ellos (los
siriolibaneses) nos habían enseñado a comer pues “en Ocaña la
gente solo comía yuca y pescado”. La
frase fue acompañada de una complicada mueca en la boca y mucho desprecio. Ante tamaña estupidez callé, pues no debía dignificar con ninguna
replica una burrada de ese tamaño. Los
hijos y nietos de esos primeros
inmigrantes no quieren recordar el pasado romántico y el origen humilde de sus ascendientes, quienes
al instalarse en Ocaña sintieron el peso de la discriminación, pues históricamente
el inmigrante ha sido visto como una
amenaza, inclusive en nuestros días. Es paradójico que teniendo muchos
inmigrantes un origen campesino
discriminen a nuestros campesinos y a nuestra población, de
discriminados pasaron a ser discriminadores. Trabajaron duro para ser
aceptados y fueron aceptados, es una
experiencia que no deben olvidar.
Otro sector de la población
también discrimina a los campesinos, a los desplazados, y a sus mismos paisanos. La
paridad de pensamiento con el grupo de inmigrantes extranjeros es la
misma, la diferencia sutil es que este
augusto grupo de aristócratas locales, de apellidos muy silvestres, reclama
su parentesco con los Reyes Católicos y toda la nobleza de España. Se resisten
a ser descendentes de toda la mierda que abordó los barcos españoles llenos de exconvictos,
criadores de puercos (como aseguraba Germán Arciniegas), putas,
ladrones, etc. Además de picaros varios que compraron sus títulos a sus asquerosas
majestades. Nuestros “nobles” criollos insisten en tener comprobados lazos
con virreyes, conquistadores, adelantados, etc.
Lo cual es muy preocupante, pues
quienes trabajaban en los barcos era gente
“más honesta”, en cambio los nobles eran (y
los son aún) solo haraganes, parásitos que crearon sus imperios y sus fortunas a base de trampas, asesinatos, violaciones, robos, invasiones, etc. Si querés comprobarlo buscá la historia y constatarás que es más noble una campesina nuestra que una
vieja loca como la reina de Inglaterra en cuyo árbol genealógico están representados todos los crímenes de la humanidad.
Para entender la
discriminación en Ocaña hay que
adentrase en el lenguaje pues tiene nombre propio: “campero”. Y según la
definición de la gente, “campero” es
alguien que nace en los pueblos vecinos o dentro de los estrechos límites que sugería
un mediocre periódico de los años cincuenta: de
Villanueva a Las Llanadas y de La Piñuela a La Costa. Los habitantes de
barrios nuevos y populares que ya tienen décadas como los de
la ciudadela norte – un apartheid dentro de la ciudad - son considerados como “camperos”. Entonces, aunque alguien nazca en Ocaña puede ser “campero”
porque nunca adquiere la nacionalidad, menos si tiene ascendencia de otro pueblo vecino.
Una amiga mía me tenia mamao, siempre decía:
fulanito era “campero”, zutanito también es “campero”, fulanito nació aquí y zutanito allá. Hasta cuando me rebote: “mirá, tus
abuelitos, tus tías y tu mamá son de ese mismo pueblo. Entonces ustedes también
son camperos”. Jamás volvió a mencionar la palabra delante de mí. La
destruí con su mismo discurso. Para soslayar las inevitables contradicciones
que surgen dentro de esta discusión absurda avezados intelectuales nuestros han
inventado una explicación tan frágil como tonta: la palabra campesino no se refiere a un origen sino a un
comportamiento, y puede especificar miles de situaciones y acepciones. “Campero”
puede significar que una persona tiene un pésimo gusto (¿quien define este
absurdo parámetro?), que no sabe hablar, que no
conoce o no
entendió algo, que se viste mal, que no tiene modales, etc. A pesar
de que existen palabras para cada caso (lobo,
ordinario, chabacano, ignorante, lento, grosero, cursi, ridículo, desaliñado, maleducado,
cafre, etc.) muchos ocañeros prefrieren usar la maldita palabra porque maltrata más y efectivamente recuerda un origen, como si fuera un pecado no haber nacido
en esta ciudad tan culta…
Por la presión de los ocañeros muchos habitantes de los pueblos vecinos reniegan
y se avergüenzan de su lugar de origen. La mayoría
no es capaz de decir con orgullo que es de de tal o cual pueblo sino que asegura ser oriunda de Ocaña, más cuando está en
otras ciudades. Inclusive hay quienes se disculpan así: “yo soy de Ocaña, es mi papa quien era de
Buenavista”. Yo me sentiría honrado de haber nacido en cualquier pueblo pues
hay muchos más bellos que Ocaña – que
ya tiene muy poco - y cada
uno tiene su encanto particular:
Pueblo Nuevo es el Cómala de Pedro Páramo, aunque muchos ocañeros ya están acabando con él. Abrego tiene un
hermoso paisaje que no ha sido explotado pero sucede lo mismo, también lo están
destruyendo. La Playa y El Carmen me dejan sin palabras. Para rematar un brillante historiador se inventó una teoría muy particular: existen ocañeros de Abrego, ocañeros de La Playa, ocañeros
de El Carmen, ocañeros de Buenavista, etc.
Seria como decir que hay cucuteños de Chicanota, rolos de Sopo,
bumangueses de san Gil. Pero los
ocañeros son difíciles de engañar pues son expertos en rastrear orígenes, cuando oyen un apellido sacan su valioso gotha local y refutan: “Qué viene a hablar ese campero si es
Abrego”, o sino escupe otra perla: “Si el papa de ellos
era de Teorama y la abuelita de un filo
llamado El Cerro de las Flores”. Sin embargo,
cuando algún “campero” es muy importante
lo acogen como “hijo de la provincia”, de
lo contrario es simplemente “un campero hijueputa”. La hipocresía de los ocañeros es tal que aunque consideran a toda la gente de La Playa “campera” se sienten dueños de Los Estoraques.
En toda esta
enfermiza discriminación aparece una increíble paradoja: ¡Entre los
mismos discriminados hay discriminación! Los primeros campesinos en
llegar a la ciudad tratan a sus paisanos y familiares de “camperos”. Parece ser que llegar
primero les otorgó, en teoría, la nacionalidad
ocañera y el derecho para discriminar a su propia gente.
Es muy corriente oír a los habitantes de
un mismo pueblo calificándose entre sí de “camperos”. Fácilmente olvidan un origen
común y tratan a toda costa de esconderlo. Por esa razón muchas familias de origen campesino se
pertrecharon en los esplendidos y versallescos
clubes de nuestra ciudad para
echarle “bolas negras” a sus paisanos
y familiares por su condición de “camperos”. Otras esconden la foto de los
abuelos cuando eran campesinos y pobres
(si eran ricos se sienten menos “camperos”) e inician su árbol genealógico en
el momento que ya están prosperas.
Los ocañeros
se han quejado tradicionalmente de estar
gobernados por “camperos” y de que, según una frase muy popular entre los
“raizales: “esto se lleno de camperos” (Shh, Shhh, les voy a contar un secreto:
muchos excluyentes “raizales” son “camperos”
pero ni siquiera ellos mismos lo saben. Vamos a hacerles creer ignoramos la mentira que se han inventado, es un
cuestión de caridad.) Se quejan además
de que los alcaldes no son de aquí, que no han hecho nada por Ocaña, que son unos
ladrones, etc. Y sin embargo, el
caos que actualmente vivimos lo
empezaron los alcaldes ocañeros, sobre todo los recalcitrantes “raizales”, quienes
destruyeron incluso la
arquitectura de la ciudad y la sumieron
en un atraso del cual no ha salido. Para expiar estos pecados muchos
nostálgicos ocañeros vuelven a las ruinas de la ciudad para culpar a los “camperos” de todos sus males y para
quejarse del caos que ellos iniciaron con tanta fruición. En Ocaña la
mayoría de la gente persiste en sus anacrónicos prejuicios sustentados en la
estrechez mental de aquellos que pregonan abolengos y noblezas irreales,
mientras que la verdadera esencia del
ser humano no es tenida en cuenta. Se propaga una forma de intolerancia
producto de la ignorancia de unos
cuantos imbeciles que apoyan su existencia en nimiedades propias de su
paupérrimo entorno cultural e intelectual.
P:S:
Amables lectores: estoy haciendo un álbum
familiar de Ocaña, el cual reúne las
vivencias, los lugares y las personas de la ciudad. El archivo incluye fotos y videos familiares de todo tipo, paseos, matrimonios, inmigrantes, fiestas, Semana
Santa, mujeres bellas, desfile de Los Genitores, reinados, etc. Aclaro que es un álbum de fotos y videos en blanco y negro o de fotos a color retocadas a mano. Luego procederé a hacer un
archivo a color. A la fecha tengo más de
cien fotos antiguas. La idea es recoger a través de Internet un archivo visual
para Ocaña pues no lo tiene. Ocaña tampoco tiene una historia del siglo XX (mi
articulo sobre el cine de Ocaña está detenido por falta de información, cuento
solo con anécdotas y otros registros orales que hay que confirmar). No hay un
Museo De Arte (MAO: Museo de Arte de Ocaña lo he bautizado yo) que recoja toda
la obra de nuestros artistas para dar fe de su talento, muchos reconocidos
internacionalmente. Infortunadamente y a
pesar de que existen necesidades mas
inmediatas, algunos románticos incurables
en una inexplicable locura retrograda
insisten en volver a montar el Cable
Aéreo y la verdad yo no me veo
tilingando en una de esas canastas por
“saninvilla” mientras las balas silban alrededor mío. Aunque unos menos
románticos insisten en un cable entre ¡Cristo Rey y la Santa Cruz! Tampoco me
veo pasando por el parque mientras un guicho
escamoso me grita “saludá lindu” o cosas por el estilo. Entonces por favor
cualquier material que tengan en su poder ya sea fotos, documentos, textos,
revistas, libros, o lo que sea, me los
pueden enviar al correo albumfamiliardeocana@gmail.com. De antemano les doy
gracias por su colaboración y su
interés.