En mi niñez conocí a mis abuelos maternos a través de dos grandes fotografías en blanco y negro que aún cuelgan en la sala de mi casa. Estos misteriosos personajes de rostros severos despertaron mi inagotable curiosidad infantil y alimentaron mi imaginación. Un día cualquiera le pregunté a mi mamá: ¿Quiénes son ellos? “Son mis papas, tus abuelos” me respondió. ¿Mis abuelos? ¿Y que hacían? “Tu abuela era ama de casa como yo y tu abuelo era poeta”, ¡Poeta!, ¿Y en donde vivían? “Vivíamos en la casa donde ahora queda la Escuela Milanés, esa era la casa de papá”. ¿Y él, hace cuanto murió? “Uff, vos no habías nacido, ni ninguno de tus hermanos. Yo estaba muy chiquita” ¿De qué murió?, “Se suicidó, se pegó un tiro en la cabeza” ¿Porqué?...
En la mañana del domingo 22 de febrero de 1.931 Euquerio Amaya llevó a misa a María Luisa, su hija mayor. Luego se reunió con su mejor amigo, Alejandro Prince, el farmaceuta dueño de la Botica de Los Pobres, y con quien más tarde sería mi abuelo paterno: Marcelino Lobo Pérez, también farmaceuta y tipógrafo. Regresó al mediodía a su casa para celebrar con un almuerzo el cumpleaños numero doce de su otra hija, Margarita, mi futura mamá. Ese día le regaló un perfume. Después fue donde sus vecinos los Acosta Navarro, allí se mostró todo el tiempo muy nervioso y algo callado, lo cual no era muy frecuente pues siempre estaba de buen humor y era muy locuaz. En la tarde toda la familia, menos el segundo hijo, Daniel, fue en compañía de Matilde, una de las muchachas de servicio, al campo de un amigo. Euquerio se quedó con Ernestina, la otra empleada, con el pretexto de querer escribir algo. Más tarde le permitió salir: "Váyase que yo me tomo el chocolate y me voy para donde Alejandro". Su vecina Marcelina Navarro lo vio entrar de nuevo a su casa y entre las tres y cuatro de la tarde oyó un tiro que no supo precisar de donde provenía,”…la bala partió certeramente…” (El hombre que fue asesinado. Milanés) La familia regresó del paseo casi a las cinco de la tarde, la casa exhibía una extraña calma. Todos creyeron que el poeta dormía menos Guadalupe, su mujer, quien conocía sus hábitos y se inquietó ante tanto silencio: ¿Euquerio durmiendo a estas horas? De repente palideció, un horrible presentimiento había tomado cuerpo. Inmediatamente corrió a su cuarto, cuando abrió la puerta la claridad le reveló toda la magnitud de la tragedia. Guadalupe gritaba en su desesperación “Euquerio se mato, Euquerio se mató". Milanes acababa de cumplir el 19 de febrero tan solo 49 años.
María Luisa salió en busca de las Acosta, presurosas y angustiadas llegaron Marcelina y su hija Ana Mercedes. Entraron en la habitación del poeta donde se confundían los gritos y el llanto de su familia más el de sus vecinos. En muy poco tiempo llegó Daniel que se había enterado en la calle de la trágica noticia. Margarita, quien no comprendía la situación, se subió en un descuido a la cama de su padre y fugazmente vio la mueca de la muerte en el rostro de su padre, jamás la pudo olvidar. Efraín de cuatro años era ajeno a toda la tragedia. "Cuando llegaron los hijos encontraron al poeta inanimado, desangrado con cárdenos círculos formándole coágulos en el semblante duro, en la cabeza leopardina" (Manuel Roca Castellanos). Mercedes Prince, hermana de Alejandro y gran amiga de Euquerio, llorando repetía la misma frase:"Euquerio tan grande en esta casa tan chiquita". "Euquerio tan grande en esta casa tan chiquita”. El ingeniero y arquitecto Luís Eduardo Quintero, otro gran amigo de Milanés, lloraba a su lado desconsoladamente. Sin embargo, tuvo la entereza de tomar él mismo una impresión en yeso del rostro del poeta cuando yacía muerto, aún se conserva. A la casa llegó también su amigo y compañero de luchas políticas Alirio Gómez Picón quien fuera nombrado como el primer embajador de Colombia en Ecuador en 1940 y luego ministro de Correos y telégrafos en 1943. Euquerio, quien había sido diputado a la asamblea del departamento, era su suplente en el senado. El prefecto de policía Arturo Rodríguez se encargó de la investigación. La única persona que conoció el paradero del revolver fue Samuel García, un sobrino de las Acosta, se llevó el secreto a la tumba. Sin embargo un avezado escritor asegura que el revolver fue escondido en un cántaro de la cocina de la casa, y era precisamente el ¡cántaro de las fuentes exhaustas de la poesía Anima Aquae! El tipo le dio a la situación un tufo muy garciamarquiano.
Escuela Milanes construida por el arquitecto italiano Aladino Beningni en 1943.
Cuando corrió el rumor de la muerte de Euquerio Amaya llegaron las familias del barrio El Carretero, y del barrio San Francisco, " su barrio irremplazable que lo amaba como un Dios jovial', escribió Luís Eduardo Páez Courvel, el escritor que más profundizó en la obra y la vida del poeta. Mas tarde llegarían familias de de todos los rincones de la bucólica ciudad. Felipe Antonio Molina nos describe la lejana escena: “Un desconcertado grupo de camaradas se arremolinó en torno al cadáver que apenas parecía dormir dentro de un sueño demasiado liviano, para ser cierto". En la noche comenzaron a llegar las flores y las lagrimas, primaveras de la muerte, se alzaron las luces de la vigilia fatídica y los hombres encendieron sus cigarrillos y su charla entre la sombra de los corredores”. Graciela Quintero, prima hermana de mi papa, iba a caballo con Ferez Haddad y Octavio Montaño para La Conejera cuando oyó la noticia, inmediatamente regresó con sus amigos al parque donde encontraron a Ismael Quintero, él les dijo que se bajaran de los caballos pues Milanes se había matado. Al día siguiente fue el entierro. Aunque en esa época el cura iba a la casa de los dolientes para acompañar el cortejo fúnebre, no lo hizo en esta ocasión porque la iglesia católica consideraba un pecado el suicidio y porque Milanés era un enconado enemigo del clero y así da testimonio Páez Courvel: "...su fama de hereje crecía mi estupor infantil por este hombre que paseaba su nihilismo religioso con desenfado bárbaro". Rosa Paulina Álvarez vio, a sus siete años, desde la ventana de su casa cuando salía el entierro compuesto solo por hombres pues las mujeres no acostumbraban a ir a los entierros en aquellos años. El reacio cura esperó el silencioso cortejo en la puerta de la iglesia del cementerio. Después de la hipócrita ceremonia religiosa y con la última paletada de tierra fue enterrado Adolfo Milanés con su neurosis en un potrero detrás del campo santo, “ donde yacen los suicidas como al margen de Dios" dijo Felipe Antonio Molina. En una estrofa de su poema Coplas de Navidad, de estilo costumbrista, expone su decepción religiosa, su doloroso ateísmo:
Y mostrándome al Dios niño
me decía este es tu taita;
éste no da de comer;
éste nos paga la casa,
éste hace crecer yerba
y volar las palomas blancas.
y entonces yo le creía; y ahora
¡ay, Jesús del alma!
me voy a tomar un trago
que tengo la boca amarga.
En su poema inédito Lo Incierto, escrito en sus últimos años, Milanés vuelve a insistir de una forma más enigmática sobre su ateísmo, pero no como pose de intelectual barato sino una indagación profunda sobre la existencia de un Dios o la absoluta certeza de la orfandad cósmica del ser humano:
Todos lo decían y lo proclamaban
afirmaban que era
más claro que el sol
Y apesar de todo yo nunca creí…
Hombres y mujeres hubiéranse muerto
si alguno sostiene que el caso era incierto…
todos lo decían y todos juraban
y se arrodillaban
en la tierra oscura…
Exhumaron texto, trazaron guarismos
irguieron teorías sobre los abismos
y cuando el viejo exclamó “Yo vi”
tampoco creí…
A pesar de su declarado ateísmo, y como una extraña contradicción, le dedica el bello poema Resurrexit a Jesús de Nazaret:
Lleno siempre de magnificencia,
como un príncipe de mi raza,
se irguió Jesús sobre la piedra,
Sobre la dura piedra blanca.
Triste la luna se escondía
con fulguración extraña;
como una mujer enferma
la media noche tiritaba.
Silenciosos los tamarindos
en la quietud de las granjas,
lentas las ramas movían
como si se persignaran.
Y el gran Nazareno erguido
entre la albura de las sábanas,
sintió el cansancio del triunfo
como un artista de mi raza.
Euquerio Amaya vivió siempre una atormentada dualidad, una dicotomía insalvable. Convivía con dos facetas, una cotidiana, aparentemente tranquila, de anónimo funcionario público y tierno padre de familia - incapaz de golpear a un hijo en una época cuando era permitido, sus regaños eran metáforas, juegos de palabras, improvisaciones para resaltar la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Y otra de poeta melancólico que le cantaba a la tristeza y a la muerte. Y aunque era rebelde, irreverente cáustico y burlón en su interior bullía una insoportable agonía que lo corroía día tras día. Luís Eduardo Páez Courvel, quien lo consideraba " un hombre distinto los demás, sabedor de maravillosos e inalcanzables arcanos” nos describió ese estado de frustración: “Todos le amaban menos él que tenia lastima de su propia vida inútil infecunda, encadenada a un trabajo que no era el suyo, porque para todos menos para el mismo, él no era más que Euquerio, el escribano liberal de abolengo, con muchas deudas y escasos caudales, a quien había que temerle por el coraje de su lengua y la gallardía de su pluma”. Milanés podía ser muy elástico en su forma de ser y pensar, en algunos aspectos podía mostrarse como un liberal ortodoxo y en otros como un librepensador.
El salón de Felipe Molina - ebanista y abuelo del escritor que lleva su mismo nombre - era un lugar con un carácter sagrado para Milanes, allí se reunía con el padre Anaya y Rubio, Margario Quintero y otros contertulios. El nieto de Felipe Molina nos describe en su interesante libro Días sin Fecha esas esplendidas tertulias: “El salón vagamente penumbroso con la biblioteca al fondo, se jugaba ajedrez, se hablaba de libros alguien leía un poema, se gustaba de tarde en tarde una copa de fino coñac" El mismo autor nos cuenta una inverosímil anécdota: “Además, el lugar era tan severo, que un día llegó allí Don Juan Manuel Marín, uno de los habituales contertulios y le dio la mano a mi abuelo, como si se despidiese. Desde la puerta, aclaró: “ Felipe no quiero dañarte este sitio tan estupendo, así que me voy otra parte", Fuese a una casa vecina, se sentó una silla y murió instantáneamente. Milanés también dejó su recuerdo en la Crónica de la Mia Cibdad: “... sobre bancos de preparar madera, confundido con los fierros del trabajo, fraternizaban irónicamente ortodoxos y heterodoxos: Augusto Nicolás y Renán, Chautembriand y Zolá, Rousseau y Santa Teresa".
A pesar de que Eduardo Santos lo invitó a escribir en El Tiempo y que intentó dos veces vivir fuera de Ocaña, una en Bogotá en un viaje que hizo con su tío el medico Alejo Amaya – autor de Los Genitores - y otra en Barranquilla, donde vivía una tía suya, la fuerza de su alma felibre lo ató a la tierra El felibre Edmundo Velásquez explica porque Euquerio Amaya se convirtió en Adolfo Milanés: “Hubo que apelar al seudónimo para esquivar la crítica rastrera de campanario". Una crítica que no ha variado en nuestros días. Existe en el seudónimo una velada reminiscencia a los ancestros italianos del poeta: los Morinelli. La persistente depresión que lo acompañó durante casi toda su vida, mitigada por su médico y amigo Margario Quintero, hizo mella en su espíritu tan sensible. Milanés, el poeta atormentado se sumergió en la angustia existencial que acompaña a todo ser humano que es consciente de la fragilidad y la brevedad de la vida. Aunque muchos historiadores nuestros, de esos silvestres que crecen debajo de las piedras, aseguran que se mató por unas deudas. De esta forma reducen su inconformismo intelectual a un simple asunto monetario. Milanés estaba por encima de estas nimiedades materiales. Infortunadamente nuestros historiadores son tan poco profundos, tan poco historiadores. Su poesía Lied encierra su permanente angustia por la vida y por la muerte:
Los hombres nos vamos
y las cosas quedan,
queda los insensible,
queda la materia
Y se esfuma la célula activa
que piensa;
y se desbarata el cordaje divino
que vibra y que sueña;
y desparece la lengua
que canta y el ojo que vela.
Los hombres se van y no vuelven nunca,
mas las cosas quedan…
los hombre vivimos unos pocos soles Lied. Mixta sobre lienzo. Jesús Emiro Paredes
y siglos y siglos viven las piedras.
¡Señor!
¿Por qué viven menos las que cosas que viven
y por qué más viven las cosas ya muertas?
Linda mujercita
que el ámbito oscuro de mi vida alegras,
dáme pronto el licor que del labio
es miel que se acendra,
porque yo me voy, me voy y no vuelvo,
y las cosas quedan.
El terror cósmico se apoderó de su alma, se entrego á la desesperación y a la tristeza. Vio la vida desde ese punto muerto por donde no se le puede mirar porque pierde sentido. Lo invadió el cansancio de vivir, se le agotó el alma. No quería morir mil veces antes de la muerte definitiva como advierte Séneca. El estrecho y asfixiante ambiente provinciano y oscurantista – aún prevalece - que nunca quiso abandonar porque le atraía y le repugnaba su vida simple de funcionario público - opuesta a la complejidad de su pensamiento - y su agonía existencial fueron elementos decisivos para su fatal determinación. Manuel Roca Castellanos sabía del poeta enfermo y lo "saludaba en la media luz del aposento”. Como sucede con muchos suicidas, Milanes empuñó el revolver y otros lo dispararon. Paradoja cínica que hace sentir al suicida libre de este mundo, cuando es este mismo mundo quien lo condena por ser diferente y lo elimina, haciéndole creer que elige su muerte. Ciro A Osorio en un articulo escribe que el escritor santandereano Jaime Barrera Parra cita una hermosa frase de André Spire - "Se fugó de la vida por un accidente del crepúsculo” - para entender la muerte del poeta. El mismo Barrera Parra en 1931 escribe: “Milanés hizo poemas lánguidos y tibios... Fue uno de los grandes relojes de la cultura santandereana. Fue un gran poeta, uno de los poetas de pulso más firme que haya enriquecido nuestra literatura nacional en los últimos veinte años... Tuvo talento a rodo, una sensibilidad que urgía a ese talento, una imaginación que iluminaba el cuadro psíquico, el sentido cromático y fonético de la vida, esa noción del matiz que diferencia al rústico del patricio... Milanés se mató como Silva, como una protesta personal contra eso que Anatole France llamó “la tragique absurdité de vivre”. Nos quedan sus cantos, sus versos desiguales como las aguas que bajan de la cordillera |a alimentar nuestras albercas, sus poemas de oro, el recuerdo de sus palabras, de sus gestos y de sus actos. Con Milanés... desaparece uno de los más puros acentos líricos de nuestra literatura nacional”.
El poeta se dio por vencido: “esto no tiene remedio, esto ha concluido. Me he quedado atrás ¿Qué vamos hacer? ¡Que luchen los que tienen alientos! ¡Que luchen los jóvenes!”. Ciro A. Osorio cree que al poeta “…inesperadamente le acometió la neurosis, melancólico y desadaptado buscó en su auxilio la soledad, dialogó largamente con la congoja y finalmente se entregó en brazos de la desesperación". El siquiatra Freddy Trillos Vergel en su estudio Reflexiones sobre Adolfo Milanés sostiene que la vida del poeta fue enigmática y golpeada fieramente por una exacerbada sensibilidad. Páez Courvel lo definía como “un desarmonico mental, un neurópata superior, un desequilibrado, en la aceptación genérica de la palabra”, un genio incomprendido resumiría yo. Así como Julio Verne se adelantó a la ciencia de su época Milanes se adelantó al espíritu y al pensamiento de la suya y pagó por ello un precio más alto que el de su propia muerte: el precio de la incomprensión, uno de los combustibles que alimentó la decisión de su apresurado final. La ausencia de sus entrañables amigos y también felibres Luís Tablanca y Edmundo Velásquez, quienes emigraron hacia Barranquilla y Costa Rica, aumentó su crisis existencial. El poema Vieja Rima nos da un poco de claridad sobre los sentimientos del poeta respecto al sentido de la vida:
Antes de morir tendremos que sufrir
cuando menos un desengaño más;
desengaño de amor, desengaño quizás
del mismo sueño amado que nos hizo vivir
amado que nos hizo vivir
antes de morir…
Antes de montar en la negra quimera
nos hará un gesto de burla la ilusión
de la quimera azul; antes de la postrera
palpitación…
En el labio del sediento el licor del vencido
tendrá la amargura del mar;
y a pesar de ser fuertes, como Dios lo ha querido
tendremos que llorar…
Su obra poética no pasa de 40 composiciones que, como escribió Luís Tablanca,”son insuficientes para llenar un librito de tamaño de un devocionario”. En su poesía se puede encontrar al principio de forma muy sutil, y al final desesperada, el desencanto por la vida. Sin embargo, su prosa es alegre, fluida, sencilla y está dedicada a lo cotidiano, a la tierra pues su condición de Felibre así lo requería. En su incursión en el periodismo – fue fundador y director del periódico Ideas y colaborador en muchos otros, expone con claridad su pensamiento que sorprende por lo visionario. Un artículo titulado “Algo sobre la mujer” es una impresionante muestra de su pensamiento moderno pues trata antes que otros el papel de la mujer en la sociedad. También escribió artículos, crónicas, y columnas de opinión en periódicos y revistas de Cartagena, Barranquilla, Bucaramanga y otras ciudades, en los cuales ya no utilizaba su seudónimo habitual sino el de Doctor Reíx y Juancé. Milanés. significó una ruptura en la tradición literaria del final del siglo XIX y XX y se le considero él creador de lo que llamaría un escritor "el cubismo literario". Tablanca registra ese paso: “Un poco más tarde usó de libertad y ya no se quería someter al ritmo ni a la rima". En un poema menos conocido de 1930, Curvatura, ya aparece este cambio En el se advierte una gran profundidad filosófica y también una sorprendente afinidad con la Teoría de la Relatividad que apenas era conocida:
La línea curva ha prosperado
porque todo ha sido curvado
en el universo.
Curvado
como del espinazo
del pasado.
Ir por la línea curva no es estar en razón
pero siempre es ir con el corazón;
lo más bello en la vida es la desviación
del árida línea normal.
Quién no se desvía es como quien no razona
como quien todo niega
como quien no perdona.
La línea curva ha prosperado
porque todo ha sido curvado
en el universo… Curvatura. Mixta sobre lienzo. 1.30 x 1.30cms
Jesús Emiro Paredes
Cornelio Hispano, quien junto a Víctor Londoño publicó las poesías de Milanés en la revista Trofeos, lo catalogó como un gran poeta y sentía la influencia de Verlaine en su poesía. Aunque el profesor Wilson Ramírez no está de acuerdo y afirma que en sus primeras obras existe una marcada influencia de los poetas costumbristas españoles, por la educación de los jesuitas que recibió el poeta, y en su segunda etapa cuando incursiono en el modernismo, siente la influencia de Rubén Darío y otros poetas de este movimiento. El escritor Luís Eduardo Páez García, hijo de Páez Courvel, encuentra influencia
de Julio Florez y Federico García Lorca y también de los simbolistas franceses. Páez García resume con gran acierto la obra de Milanés: “Su temática tiene que ver con el paisaje nativo, las vivencias familiares y conceptos trascendentes que, como la muerte, tiñen de tristeza su obra. Su prosa es ágil, saturada de fina ironía y cierto humorismo que se mezcla a veces con el apunte político”. Su padre, Páez Courvel, asegura que en el poema Égloga Milanés "realiza el único intento, ejecutado con arte, de repujar la forma lírica subjetiva, con la decoración preciosista de la escena. El blanco y el azul campean en este poema eglógico, pero se insinúan a través de sus versos, metrificados sobre el endecasílabo, todos los colores de la paleta indígena: el gris moreno de las palomas, el verde metálico de los árboles nuevos, el caoba dorado de los trojes y toda esa abundancia de oro, de rojo, de verde y de azul que decora el plumaje de los pavos reales. Pero esto sería fácil. La dificultad esté en sujetar esa forma con los arcos poderosos de la cadena lírica; porque no se trata, como lo sabéis, de un medallón burilado pero inmóvil como esos tallados brunelescos, finamente labrados pero sin movimiento”. En la revista Cromos del 21 de Septiembre de 1970 E.S.A describe la poesía de Milanés como “transida, dolorosa, urgida de posibilidades desbordadas" y Ciro Mendía le escribe en una pequeña nota: "Estimado poeta: “Afortunadamente recibí su libro Curvas y Rectas, muchas gracias por su gentileza, gracias a León de Greiff ya conocía este libro, tiene usted allí muy bonitos versos".
Los hijos del poeta en los 50 años de su muerte. De Izquierda derecha Margarita, Maria Luisa, Daniel y Efraín, en ese orden murieron.
La obra y la figura de Milanes cayeron después de su muerte en un gran olvido. Y es explicable pues Ocaña ha sido siempre hostil a la inteligencia. A excepción de algunos pocos admiradores que se reúnen cada año a conmemorar su aniversario, el recuerdo del poeta se reduce a la Escuela y al barrio que tomó su mismo nombre, y a una olvidada tumba que pasa desapercibida como la vida de la ciudad misma. Aunque es en su tierra natal, a la que dedico la mitad de su obra, donde precisamente ha sido más fuerte y premeditado este injusto olvido, quizás por la habitual ignorancia de los habitantes de la tierra que lo inspiró, pues su obra exige cierto inconformismo, una introspección permanente, una indagación profunda del alma. Y esas condiciones son ajenas a la mayoría de los ocañeros. Se necesita llevar adentro algo de luz para ser iluminado por el pensamiento de todo gran hombre y no seguir dentro de la más espantosa de todas las oscuridades: la del alma. No hay todavía un escritor y un poeta de su la talla de Milanes quien sigue siendo un referente obligado para todas las generaciones por la inmensa calidad de su obra.
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El político Bernardo Silva Gómez, gran admirador del poeta, en un acto de suprema humildad pidió ser enterrado al lado de la tumba de Milanes donde el escritor y poeta venezolano Gonzalo Carnevali - antiguo embajador de su país en Colombia y exiliado político en Ocaña - leyó el 22 de febrero de 1932 un emocionado discurso de aniversario, del cual extraigo este párrafo: “No figuró Milanés entre los poderosos de su época ni fue de los ilustres personajes que acapararon y distribuyeron prebendas, ni ganó batallas, ni arrastró multitudes con su verbo. Pobre en vida y muerte, su nombre poco dijo y dice a comerciantes y banqueros. Tras el humilde féretro que hasta acá lo traía tambaleando sobre el dolor de cuatro amigos, el estado no desplegó sus pompas oficiales, ni derramó la religión sus clásicas liturgias 'Un hombre sin importancia', diría alguien, parodiando el título de Oscar Wilde. Escribidor de versos. Emborronador de cuartillas .Escritor. Eso fue. Nada más, Pero tampoco nada menos".