Tal pareciera, según se desprende de las intervenciones de los voceros del Polo Democrático en el Congreso, que el Presidente de Colombia hubiese sido quien ordenó y ejecutó los secuestros de los más de 700 ciudadanos que hoy están en poder de las FARC. Más aún, la senadora Piedad Córdoba, en sus infortunadas declaraciones a la prensa nacional e internacional, intenta ahora aparecer como una mártir salvadora de Colombia, a quien la represión oficial ya tiene en la mira. Todo esto, sin mencionar las constantes diatribas del Presidente Chávez y sus corifeos, cuyos ataques airados y constantes contra el gobierno colombiano, hieren la dignidad de la patria tocando, incluso, la memoria del general Francisco de Paula Santander, gracias a cuyos esfuerzos y a su visión militar, logró estructurarse el ejército patriota en los Llanos de Casanare con la consecuente campaña que dio libertad a la Nueva Granada en la célebre Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819.
¿A qué le estamos jugando los colombianos, incluyendo a varios ocañeros reconocidos chavistas que no han sido capaces, ni siquiera, de componer la casa? Es evidente que al proyecto descabellado de Chávez de consolidar una dictadura del proletariado en América Latina, al estilo cubano. Por ello, cuando Uribe se refiere al “proyecto expansionista”, su discurso va referido a desenmascarar las acciones de un gobierno vecino que hoy se ha convertido en punta de lanza de una ideología política y económica que se vino abajo junto con el muro de Berlín, en la década de los 90. Aquello de la “revolución permanente” y la mezcla de las “todas las formas de lucha”, muy en boga en la época del “Che” Guevara y Fidel, ha vuelto a salir a flote con la anuencia de los sectores izquierdistas enquistados en el Congreso de la República y en algunos municipios del Norte de Santander. Los verdaderos enemigos de Colombia, no son, precisamente el Presidente Uribe y sus Ministros, ni lo son los partidos políticos que lo apoyan. Los verdaderos enemigos de Colombia son las guerrillas de la FARC, el ELN y los grupos de paramilitares que siguen sembrando el terror en el campo y las ciudades, asesinando, saqueando, secuestrando y extorsionando a la población civil que, precisamente hoy, cuando el “grosero”, “patán”, “inculto” y “vulgar” (así lo han calificado analistas y políticos internacionales y nacionales) Presidente Chávez, ataca de manera desproporcionada a un gobierno legítimamente constituido y a una de las democracias más antiguas de América Latina, debe unirse sólidamente en torno a los más altos intereses de Colombia. Seguimos sosteniendo, que “es mejor una mala democracia, que una buena dictadura”; la primera, la podemos mejorar entre todos, con el compromiso y la participación, con el análisis y la crítica sana y constructiva; la segunda, se levanta sobre las puntas de las bayonetas y la supresión de las libertades públicas, como ahora acontece en la hermana República de Venezuela.
Bolívar no fue comunista, ni Santander traidor al ideario bolivariano. Ambos próceres han de ser evaluados y entendidos por las gentes de este continente con base en las coyunturas históricas en las cuales estuvieron inmersos. Para Colombia, para los historiadores colombianos y los demócratas de este continente, la figura de Santander se sigue destacando como el “organizador de la República”, “el Hombre de las Leyes”, el pionero de la educación del siglo XIX. En Ocaña, por ejemplo, tanto la vida y obra de Bolívar como la de Santander, tienen especial afecto y reconocimiento públicos. Ocaña es una ciudad Bolivariana y Santanderista, pese a los apátridas proclives a la acción armada e incapaces de todo juicio de valor histórico, y ajenos al compromiso social y político.