Esto me obliga a relatar, una y otra vez, en estas crónicas, todo lo que aconteció en diferentes momentos de aquel pasado feliz que hoy cuento a manera de experiencia formativa y como testimonio de mis andanzas quijotescas por la geografía hídrica y montañosa de Ocaña.
Fueron las montañas de mi tierra, los cerros tutelares, los pozos (como el de “La culeca”), bosques y praderas y los ríos, elementos de la naturaleza sobre los cuales construimos un mundo de aventura y de fantasía, que nos llevó a sentirnos héroes y villanos, triunfadores y perdedores, guapos y cobardes y, sobre todo, niños felices aferrados a la madre naturaleza como una de las alternativas más baratas y sanas para divertirnos.
Uno de nuestros programas favoritos, por aquellos tiempos de las décadas de los cincuenta y principios de los sesenta, era ir a las montañas y a los cerros a coger guayabas dulces, agrias y arrayanas, las cuales florecían durante todo el año y se daban por todas partes, incluidas las huertas de las casonas de las cabeceras urbanas.
¡Que agradable llegar a casa con una mochila llena de estas frutas tropicales! ¡Y qué alegría compartirlas con todos en la familia! Y decirle a mamá que nos había ido bien y que nuestra labor de recolectores de frutos silvestres se había llevado a cabo sin ningún incidente. Siempre se preocupaban los viejos cuando pedíamos permiso para realizar esta actividad lúdica que se hacía por caminos de herradura, veredas tupidas de vegetación, chamizos, espinas y culebras; senderos de tierra y barro, carreteras polvorientas, y cerros escabrosos que, de una o otra manera, representaban riesgos físicos en su ascenso y descenso, razón por la cual el regreso a casa, sanos y salvos, tranquilizaba a nuestros angustiados padres.
Ir a los cerros y montañas a recolectar guayabas era un programa de “machos”, donde las mujeres no tenían espacio. Esto era así porque a las niñas de mi época le cuidaban la “cuca” y la virginidad hasta el matrimonio y constituía una ofensa, invitarlas a estas actividades puesto que equivalía a “pedírselos”. Claro que a esa edad y en esos tiempos nunca nos corrió por la mente llevarlas al monte con este pretexto para “hacer el amor”. Con un poco de años más y “pelos por todas partes”, confieso que lo hice alguna vez pero, la verdad, no pasó de un buen “violinazo”.
Para unas vacaciones de mitad de año, llegó a la casa Hugo Elí Quintero Ruiz para invitarnos a coger guayabas más allá del “Cerro de los muertos”. Previa solicitud del respectivo permiso que hizo a mamá, su madrina, en los términos más respetuosos. Mamá accedió a la petición. Como de costumbre alistamos el avío: sardinas enlatadas, bollos de masa, queso costeño, panela negra melcochuda, gaseosas “Tiskirama” en botellas de vidrio, pan, mantequillados y dulces. A las nueve de la mañana salimos rumbo a una nueva experiencia. En esta montaña se daban las mejores guayabas agrias de Ocaña y, de paso, se generaban los mayores aguaceros con tormentas eléctricas y vientos huracanados.
Después de haber recolectado varias arrobas de estas sabrosas frutas nos dedicábamos a “pasar a manteles” –léase al pasto- y Alfonso, Mario, mis hermanos mayores, Hugo Elì y mi persona, --que valga la cuña rogué a mis hermanos que me llevaran por ser menor de edad--, comentábamos sobre los resultados y escuchaba de ellos cuentos sobre sus travesuras. Hasta aquí, se había cumplido nuestro objetivo y todo era un mar de risas y de “mamadera de gallo”. Pero como nos habíamos alejado bastante de Ocaña mis hermanos y Hugo Elí decidieron, como buenos excursionistas, distribuir las “cargas” de guayabas, recoger las cosas y fijar una hora para el regreso. El reloj marcaba las cuatro de la tarde y calculamos que con dos horas de camino ya estaríamos en nuestras respectivas casas.
Sucedió lo que no estaba programado y que nadie pudo predecir. A las cuatro pasadas, irrumpió un aguacero que, poco a poco, adquirió la categoría de tormenta con rayos, truenos, centellas y fuertes vientos que hacían estremecer los cerros. Descendimos de la montaña por un camino resbaladizo, lleno de chamizos y vegetación tupida. La angustia, el “culillo”, el miedo y el pánico se apoderaron, del grupo. Mario, desesperado y “con el agua hasta el cuello”, como todos nosotros, se abrazó a un árbol, trepó en él y arrancó con cuidado una flor con su mano derecha y, en medio del diluvió y la granizada, llorando como un niño asustado, se la ofreció a La Virgen de Torcoroma. Con un grito de ultratumba levantó los ojos al cielo y exclamó: “¡Virgencita de Torcoroma, te ofrezco esta florecita para que nos ayudes a llegar a la casa¡”. Yo no hacía otra cosa diferente que llorar como una plañidera. Hugo Elí aguantaba la risa apretando los dientes y Alfonso, que es una “roca” dotada de paciencia de tortuga, miraba el espectáculo con una serenidad pasmosa (“don tranquilo”, era el sobrenombre que le pusieron cuando jugaba fútbol en el glorioso equipo de “Los Motilones”). Eran las seis y media de la tarde y aún permanecíamos en la montaña. Las suplicas de Mario fueron escuchadas por nuestra Patrona, pues al rato dejó de llover, los rayos se escondieron detrás de las nubes y a paso firme y acelerado, por fin llegamos a la casa sobre las nueve de la noche. Allí encontramos otro escenario de angustia. La casa estaba llena de vecinos del barrio, amigos, familiares y curiosos que se habían solidarizado con mi mamá por la desaparición de sus tres hijos mayores. Mamá nos abrazó llorando y todos nos confundimos en un sólo llanto “!Aparecieron tus hijos Margarita, gracias a Dios y a La Virgen de Torcoroma ¡”, gritaban a viva voz las personas presentes.
Ya mas calmados, mamá no narró los momentos difíciles que vivió en esa tarde aciaga y nos comentó que todos los santos habían escuchado sus plegarias y que la tormenta se aplacó porque ella sacó al patio todo el “ramo bendito” de la Semana Santa y lo quemó con mucha devoción. Para tranquilizarla nosotros le referimos que Mario le ofreció a La Virgen de Torcoroma la flor tomada del árbol. Mamá anotó: “!El milagro nos lo hizo a los dos¡” Las guayabas se quedaron olvidadas en la montaña con nuestros gritos, lagrimas y temores.
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