Todo sucedió tan inesperadamente que la evidencia me aturdió
cuando la enfrenté. No había tenido el propósito deliberado de hacerlo, tal vez
por eso al analizarlo y decantarlo con ligereza pudo desequilibrarme momentáneamente.
Desde hace un buen tiempo el suceso y su desenvolvimiento
estaban presentes, como el escalón por al que se sube o se baja de manera
mecánica, sin que, para hacerlo, intervenga el consciente intelectivo, y de
pronto, al tropezarlo, se hace evidente su presencia física, tan incuestionable
como la torre de la Iglesia
de la Torcoroma..
Eso fue lo que sucedió esta mañana cuando llamé telefónicamente
a una amiga mía, que vive en ciudad diferente, para preguntarle por la delicada
salud de su esposo, persona que goza, como todos sus antecesores, de un gran
aprecio y estimación de mi parte. Contestó
una voz femenina, y al indagarle por la señora de casa, me dijo que en ese
preciso momento se encontraba ocupada recibiendo otra llamada por el teléfono
celular. Entonces, al identificárseme como su hija, se me ocurrió decirle: Por
favor le hace saber a su mamá que llamó Jorge Carrascal Pérez, viejo amigo de
sus padres, y que quería enterarme del estado de salud del enfermo. ¡Ah sí!, yo
les he oído hablar de usted, y del aprecio mutuo que se prodigan, de manera que
yo también puedo informarle de mi papá. Qué bien, lo primero me halaga le
contesté, así que entonces le pido me cuente cómo sigue él. Mi papá murió ayer
a las cinco de la tarde, dijo secamente como si estuviera dando un parte
militar. ¡Cómo así!, alcancé a decirle, sobresaltado y confundido por la
escueta respuesta. ¿Qué pasó?, seguí interpelando. Ya él estaba muy debilitado,
se mantenía sedado por la droga que le habían recetado para aliviar los fuertes
dolores, y ayer se fue quedando como dormido, y así dormido se marchó
definitivamente.
Continuó, del lado mío, una seguidilla de condolencias para
ella, sus hermanos, sus tíos, y en
especial para su mamá. Me despedí de no sé qué manera, y colgué la bocina del
teléfono, dando por terminada la comunicación, y, desde luego, la conversación.
De inmediato la memoria retrospectiva allegó circunstancias,
oportunidades, en las que me había reunido con esa persona tan especial,
primero en las calles empedradas de la reposada Ocaña, después en los
trajinados corredores de la bullente universidad, él como avezado y experimentado
profesor de Farmacia, yo como novel estudiante de Odontología. (Cada vez que me
sitúo en la época de estudiante en la universidad, no dejo de acordarme de una
anécdota, simpática para mí, y que ocurrió en Ocaña cuando pasaba vacaciones de
fin de semestre. Iba por la calle y me encontré con una humilde señora, muy
cercana a mi familia, y que nos conocía desde pequeños, y que al topármela me
dijo: Jorgito, ¿qué es lo que vos tás estudiando en Bogotá? Yo estudio
Odontología, Toya -hipocorístico de Victoria- ¿Y eso qué es? Eso es como lo que
hace Rafael Sánchez, el dentista papá de mi compañero de bachillerato, Alfredo
Sánchez Jácome. Ah, ya entendí, con esa comparancia quién no. ¿Y cuánto te
demorás pa’ sacar eso? Cinco años Toyita. Ah, ¡entonces Jorgito eso es como
si’tuvieras estudiando una carrera de verdá…! -¡¡Plop!!-)
A la que sería su digna esposa y leal compañera, la conocí
aquí en Ibagué en casa de sus mayores cuando fui a encomendarle a su padre, la construcción
de ciertas adecuaciones locativas en mi residencia.
No podía creer que hubiera fallecido el hombre culto,
inteligente y pulcro, el de cuidada e impecable
presencia, el depositario de ancestrales tradiciones de responsabilidad,
trabajo y honradez familiares. Esta ficha no encajaba en el rompecabezas
sentimental.
Siempre que se muere una persona allegada o un amigo
apreciado, tengo el mismo sentimiento de incredulidad, y ahora pienso que es
como una forma de sacarle el quite a la dolorosa realidad, de no querer aceptar
el luctuoso momento, que, por lo demás, es
inherente circunstancial de nuestras vidas, pero poco aceptado como realidad imperiosa e inmutable en el apresurado
y fugaz paso por este avaro mundo.
Toda esa mecánica, la cotidianidad del acontecimiento, la
sabía, aceptaba y plenamente la compartía, pero de lo que no había caído en la cuenta, como
en el caso del escalón, es del cambio radical, sustantivo, que se dio en las manifestaciones
físicas y espirituales del duelo, del cortejo fúnebre concretamente.
Hoy, la voz que me comunicó la nefasta noticia, que era la
de un allegado muy especial y cercano, su papá, la dijo sin el menor asomo de
angustia, ni aflicción, sin un requiebro de voz, y, mucho menos, sin el usual
lloriqueo que hubiera hecho difícil, por no decir imposible, la conversación si
el suceso hubiese ocurrido en otras épocas.
El “porqué tenía que irse y dejarnos solos”, el “tan bueno
que era”, el “y ahora qué será de nosotros, huérfanos y abandonados”, el “Señor
porqué te lo llevaste”, desaparecieron como señales o demostraciones de padecimiento,
solidaridad y desconsuelo. Las escenas de los familiares aferrados al ataúd,
dando alaridos desgarradores, pretendiendo evitar su salida en el momento de sacarlo
del recinto de velación rumbo a la iglesia, y después al cementerio, ya dejaron
de ser comunes y corrientes. Ahora son de muy mal gusto, y hasta mal vistas
y criticadas por la comunidad doliente.
En lejanas instancias todo esto era lo que se estilaba,
porque o sino la gente empezaba a murmurar: “Se ve que lo querían muy poco”,
“más lo llora el perro que está amarrado en el solar”, “tan bueno que fue con
ellos y ni siquiera una lágrima derramaron por él”, “tanto que le dije: no se mate por ellos que
mañana se muere y ninguno se lo va a agradecer”, “ le repetí una y mil veces
que ya era hora de sentarse a descansar, pero no hizo caso. Y miren…”
El tiempo de guardar luto riguroso, consistente en usar
durante un largo periodo un sobrecogedor vestido negro -la viuda durante 5 a 6 años, las madres, toda la
vida-, con mantilla cubriendo la cabeza y los hombros, medias veladas negras,
zapatos de tacones cortos, sin pintarse de coloretes ni las mejillas, ni los
labios, ni las uñas, también pasó a
hacer parte de los cachivaches del cuarto de San Alejo. ¡Ay de aquella
que tratare sacarlos de allí! …la maldición
del cura decapitado habrá sido cosa de poca monta…
Y ya por conveniencia o por no tener el cuerpo físico
reposando en el panteón, entonces los creman siguiendo los nuevos dictados de la
sociedad, los familiares y las funerarias de turno, padeciendo el cadáver un
doble fenecimiento –¡Oferta del día: pague uno y lleve dos!- : El primero, por
achaques de salud. Y el otro, el terrible, por quemaduras de tercer grado. ¡A mí
que no me vayan a joder después de muerto que bastante me jodieron en vida!. Yo
siempre le he tenido una gran fobia a morir quemado, -me llamarán ¿pironecrofóbico
post mortem?- así es que ¡entiérrenme
acostado para seguir descansando en paz, como lo aprendí leyendo los carteles
esquineros y residenciales invitando a las exequias, en la edénica Villa de los
Caro!.
No se podía escuchar música, lo que originaba un obvio e
infame óxido en las perillas y en las
agujas del dial del radio. Era el tiempo de escuchar, como en la Semana Santa, a
clásicos del estilo de Wagner, Schubert, Mozart, Beethoven ¡y hasta de Luís
Elam! Pero lo más sorprendente, y
risible de esta silente situación, del decretado ayuno sonoro, era cuando se escuchaban
nuevamente a los locutores en sus programaciones habituales: éstos habían
cambiado de voz a causa de una perversa decrepitud de las cuerdas vocales por falta del uso continuado. Dicen que
Eduardo Kandia se aprovisionaba de una docena de pastillas Vick, y de
gargarismos “de una cucharadita dulcera de miel de Abeja Reina con tres gotas
de limón criollo puestos al sereno”, recetados por su empírica y cuidadosa
mamá, para librarse del espasmo laríngeo que dio en llamarse con el sugestivo
nombre, como si se tratara del título de alguna película de terror, “La
mutación vocal del locutor”
Me acuerdo como si fuera hoy, frase ahuyentada con agua
caliente del lenguaje de los que padecen el mal de Alzheimer por malévola e ignominiosa,
que los familiares “del difunto que se murió”, tal cual lo dijera un puntilloso
orador lugareño al momento de pronunciar el discurso necrológico,
adoptaban posturas de cariacontecidos, y
a los que no se les veía, ni por si acaso, revelar una ligera mueca de sonrisa
porque de inmediato se les tachaba de desconsiderados y profanos.
Además, se estilaba ir a misa de difuntos, y comulgar
piadosamente por el alma bendita del desaparecido. Y aquí sí, parodiando a Enrique
IV de Francia al momento de su conversión al catolicismo, tendría que decir: ¡porque
el muerto bien valía una misa!
Así como nos están invadiendo atosigadamente con tecnologías
foráneas de todo tipo, también, pero de una manera asolapada, preocupante y
dolorosa, nos están rapando de las manos, en develado y acicateado afán
esnobista y mercantilista, nuestra cultura, nuestras costumbres, y, lo más
aterrador, nuestras tradiciones ancestrales. Y cuando se pierde el valor inconmensurable
de las tradiciones, la colectividad social queda tan desarrapada que podría
imaginarla, como en el cuadro de Eva
pintado por el alemán Alberto Durero, humillada y tapándose vergonzosamente sus
partes pudendas.
Y fue tal la severidad de su duelo
que nunca jamás se le vio callejear
solo los pasos del difunto esposo
en los corredores de su alma afligida
se escuchaban y nada más…
A Jairo Calle Álvarez, in perpetuum.
JORGE CARRASCAL PEREZ.
Ibagué julio29 de 2.006.