Mayo 13, 2008
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Detalles del articulo:
Calle sin retorno - Por Jorge Carrascal Pérez

Julio 31 de 2006
Todo sucedió tan inesperadamente que la evidencia me aturdió cuando la enfrenté. No había tenido el propósito deliberado de hacerlo, tal vez por eso al analizarlo y decantarlo con ligereza pudo desequilibrarme momentáneamente.

Todo sucedió tan inesperadamente que la evidencia me aturdió cuando la enfrenté. No había tenido el propósito deliberado de hacerlo, tal vez por eso al analizarlo y decantarlo con ligereza pudo desequilibrarme momentáneamente.

Desde hace un buen tiempo el suceso y su desenvolvimiento estaban presentes, como el escalón por al que se sube o se baja de manera mecánica, sin que, para hacerlo, intervenga el consciente intelectivo, y de pronto, al tropezarlo, se hace evidente su presencia física, tan incuestionable como la torre de la Iglesia de la Torcoroma..

Eso fue lo que sucedió esta mañana cuando llamé telefónicamente a una amiga mía, que vive en ciudad diferente, para preguntarle por la delicada salud de su esposo, persona que goza, como todos sus antecesores, de un gran aprecio y estimación de mi parte.  Contestó una voz femenina, y al indagarle por la señora de casa, me dijo que en ese preciso momento se encontraba ocupada recibiendo otra llamada por el teléfono celular. Entonces, al identificárseme como su hija, se me ocurrió decirle: Por favor le hace saber a su mamá que llamó Jorge Carrascal Pérez, viejo amigo de sus padres, y que quería enterarme del estado de salud del enfermo. ¡Ah sí!, yo les he oído hablar de usted, y del aprecio mutuo que se prodigan, de manera que yo también puedo informarle de mi papá. Qué bien, lo primero me halaga le contesté, así que entonces le pido me cuente cómo sigue él. Mi papá murió ayer a las cinco de la tarde, dijo secamente como si estuviera dando un parte militar. ¡Cómo así!, alcancé a decirle, sobresaltado y confundido por la escueta respuesta. ¿Qué pasó?, seguí interpelando. Ya él estaba muy debilitado, se mantenía sedado por la droga que le habían recetado para aliviar los fuertes dolores, y ayer se fue quedando como dormido, y así dormido se marchó definitivamente.

Continuó, del lado mío, una seguidilla de condolencias para ella, sus hermanos, sus tíos, y  en especial para su mamá. Me despedí de no sé qué manera, y colgué la bocina del teléfono, dando por terminada la comunicación, y, desde luego, la conversación.

De inmediato la memoria retrospectiva allegó circunstancias, oportunidades, en las que me había reunido con esa persona tan especial, primero en las calles empedradas de la reposada Ocaña, después en los trajinados corredores de la bullente universidad, él como avezado y experimentado profesor de Farmacia, yo como novel estudiante de Odontología. (Cada vez que me sitúo en la época de estudiante en la universidad, no dejo de acordarme de una anécdota, simpática para mí, y que ocurrió en Ocaña cuando pasaba vacaciones de fin de semestre. Iba por la calle y me encontré con una humilde señora, muy cercana a mi familia, y que nos conocía desde pequeños, y que al topármela me dijo: Jorgito, ¿qué es lo que vos tás estudiando en Bogotá? Yo estudio Odontología, Toya -hipocorístico de Victoria- ¿Y eso qué es? Eso es como lo que hace Rafael Sánchez, el dentista papá de mi compañero de bachillerato, Alfredo Sánchez Jácome. Ah, ya entendí, con esa comparancia quién no. ¿Y cuánto te demorás pa’ sacar eso? Cinco años Toyita. Ah, ¡entonces Jorgito eso es como si’tuvieras estudiando una carrera de verdá…!   -¡¡Plop!!-)

A la que sería su digna esposa y leal compañera, la conocí aquí en Ibagué en casa de sus mayores cuando fui a encomendarle a su padre, la construcción de ciertas adecuaciones locativas en mi residencia.

 

No podía creer que hubiera fallecido el hombre culto, inteligente y pulcro, el de cuidada  e impecable presencia, el depositario de ancestrales tradiciones de responsabilidad, trabajo y honradez familiares. Esta ficha no encajaba en el rompecabezas sentimental.

Siempre que se muere una persona allegada o un amigo apreciado, tengo el mismo sentimiento de incredulidad, y ahora pienso que es como una forma de sacarle el quite a la dolorosa realidad, de no querer aceptar el luctuoso momento, que, por lo demás, es  inherente circunstancial de nuestras vidas, pero poco aceptado como  realidad imperiosa e inmutable en el apresurado y fugaz paso por este avaro mundo.

Toda esa mecánica, la cotidianidad del acontecimiento, la sabía, aceptaba y plenamente la compartía,  pero de lo que no había caído en la cuenta, como en el caso del escalón, es del cambio radical, sustantivo, que se dio en las manifestaciones físicas y espirituales del duelo, del cortejo fúnebre concretamente.

Hoy, la voz que me comunicó la nefasta noticia, que era la de un allegado muy especial y cercano, su papá, la dijo sin el menor asomo de angustia, ni aflicción, sin un requiebro de voz, y, mucho menos, sin el usual lloriqueo que hubiera hecho difícil, por no decir imposible, la conversación si el suceso hubiese ocurrido en otras épocas.

El “porqué tenía que irse y dejarnos solos”, el “tan bueno que era”, el “y ahora qué será de nosotros, huérfanos y abandonados”, el “Señor porqué te lo llevaste”, desaparecieron como señales o demostraciones de padecimiento, solidaridad y desconsuelo. Las escenas de los familiares aferrados al ataúd, dando alaridos desgarradores, pretendiendo evitar su salida en el momento de sacarlo del recinto de velación rumbo a la iglesia, y después al cementerio, ya dejaron de ser comunes y corrientes. Ahora son de muy mal gusto, y hasta mal vistas y  criticadas por la comunidad doliente.

En lejanas instancias todo esto era lo que se estilaba, porque o sino la gente empezaba a murmurar: “Se ve que lo querían muy poco”, “más lo llora el perro que está amarrado en el solar”, “tan bueno que fue con ellos y ni siquiera una lágrima derramaron por él”,  “tanto que le dije: no se mate por ellos que mañana se muere y ninguno se lo va a agradecer”, “ le repetí una y mil veces que ya era hora de sentarse a descansar, pero no hizo caso. Y miren…”

El tiempo de guardar luto riguroso, consistente en usar durante un largo periodo un sobrecogedor vestido negro -la viuda durante 5 a 6 años, las madres, toda la vida-, con mantilla cubriendo la cabeza y los hombros, medias veladas negras, zapatos de tacones cortos, sin pintarse de coloretes ni las mejillas, ni los labios, ni las uñas, también pasó a  hacer parte de los cachivaches del cuarto de San Alejo. ¡Ay de aquella que tratare sacarlos de allí!  …la maldición del cura decapitado habrá sido cosa de poca monta…

Y ya por conveniencia o por no tener el cuerpo físico reposando en el panteón, entonces los creman siguiendo los nuevos dictados de la sociedad, los familiares y las funerarias de turno, padeciendo el cadáver un doble fenecimiento –¡Oferta del día: pague uno y lleve dos!- : El primero, por achaques de salud. Y el otro, el terrible, por quemaduras de tercer grado. ¡A mí que no me vayan a joder después de muerto que bastante me jodieron en vida!. Yo siempre le he tenido una gran fobia a morir quemado, -me llamarán ¿pironecrofóbico post mortem?-  así es que ¡entiérrenme acostado para seguir descansando en paz, como lo aprendí leyendo los carteles esquineros y residenciales invitando a las exequias, en la edénica Villa de los Caro!.

No se podía escuchar música, lo que originaba un obvio e infame óxido en las perillas y en  las agujas del dial del radio. Era el tiempo de escuchar, como en la Semana Santa, a clásicos del estilo de Wagner, Schubert, Mozart, Beethoven ¡y hasta de Luís Elam!  Pero lo más sorprendente, y risible de esta silente situación, del decretado ayuno sonoro, era cuando se escuchaban nuevamente a los locutores en sus programaciones habituales: éstos habían cambiado de voz a causa de una perversa decrepitud de las cuerdas vocales  por falta del uso continuado. Dicen que Eduardo Kandia se aprovisionaba de una docena de pastillas Vick, y de gargarismos “de una cucharadita dulcera de miel de Abeja Reina con tres gotas de limón criollo puestos al sereno”, recetados por su empírica y cuidadosa mamá, para librarse del espasmo laríngeo que dio en llamarse con el sugestivo nombre, como si se tratara del título de alguna película de terror, “La mutación vocal del locutor”

Me acuerdo como si fuera hoy, frase ahuyentada con agua caliente del lenguaje de los que padecen el mal de Alzheimer por malévola e ignominiosa, que los familiares “del difunto que se murió”, tal cual lo dijera un puntilloso orador lugareño al momento de pronunciar el discurso necrológico, adoptaban  posturas de cariacontecidos, y a los que no se les veía, ni por si acaso, revelar una ligera mueca de sonrisa porque de inmediato se les tachaba de desconsiderados y profanos.

Además, se estilaba ir a misa de difuntos, y comulgar piadosamente por el alma bendita del desaparecido. Y aquí sí, parodiando a Enrique IV de Francia al momento de su conversión al catolicismo, tendría que decir: ¡porque el muerto bien valía una misa!

Así como nos están invadiendo atosigadamente con tecnologías foráneas de todo tipo, también, pero de una manera asolapada, preocupante y dolorosa, nos están rapando de las manos, en develado y acicateado afán esnobista y mercantilista, nuestra cultura, nuestras costumbres, y, lo más aterrador, nuestras tradiciones ancestrales. Y cuando se pierde el valor inconmensurable de las tradiciones, la colectividad social queda tan desarrapada que podría imaginarla, como en el cuadro de Eva pintado por el alemán Alberto Durero, humillada y tapándose vergonzosamente sus partes pudendas.

Y fue tal la severidad de su duelo

que nunca jamás se le vio callejear

solo los pasos del difunto esposo

en los corredores de su alma afligida

se escuchaban y nada más…

 

A Jairo Calle Álvarez, in perpetuum.

 

 

JORGE CARRASCAL PEREZ.

Ibagué julio29 de 2.006.

 

 


Escrito por: admin
Fecha de publicaciòn: 31/07/2006
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