Los ocañeros de mi generación, y otras más, nos comunicamos durante muchas décadas por el sistema Telegramas y Marconis (en honor a Guillermo Marconi el físico italiano que realizara las primeras pruebas de transmisión inalámbrica) que no eran otra cosa diferente a un papel pequeño dentro de un sobre, el cual tenía una ventanilla rectangular transparente que permitía leer el nombre del destinatario, donde estaba escrito el texto con el mensaje.
La primera entidad oficial que brindó el servicio de telegramas en Ocaña fue la Oficina de la Telegrafía, adscrita al Ministerio de Correos y Telecomunicaciones, operada por los telegrafistas de aquel entonces, que no sólo eran profesionales idóneos sino que gozaban del aprecio de la comunidad por ser de alguna manera los “dueños de la información” y los conocedores de las intimidades de los coterráneos. También se prestaba en estas oficinas el servicio de correo y encomiendas.
En un principio se denominó: Las Oficinas de La Telegrafía, posteriormente La Marconi y finalmente Telecom, cambios de razón social que se fueron dando supuestamente por el avance tecnológico de las comunicaciones. Dos de mis tíos, por línea materna, Daniel Enrique Amaya y Efraín “Francho” Amaya, hijos del escritor y abuelo Adolfo Milanés, ejercieron la profesión de Telegrafistas y de la mano de ellos, conocí los equipos Morse y la forma como los operaban. De verdad confieso que todo aquello parecía un juego, puesto que con el dedo pulgar presionaban de manera continúa, como jugando Atari, una especie de botón que producía un ruido particular y al mismo tiempo, este mismo equipo recibía señales, a través del sistema de comunicación conocido como “clave Morse”. Haciendo la onomatopeya de aquel ruido era como un: ta-ta-ta-ta... Todo esto para mí, de infante, era espectacular y asombroso.
Los telegramas por lo general se utilizaban para informar sobre negocios, felicitaciones de grado, cumpleaños, pésames, reconciliaciones amorosas, para terminar una relación sentimental, recibir un nombramiento, confirmar remesas, hacer bromas, informar sobre el estado de un enfermo y muchas cosas más que ameritaban hacer con ellos álbumes para el recuerdo. Así como se enseñaba un álbum de fotografías, se mostraba con orgullo los telegramas coleccionados como trofeos. Supongo que con el ego inconmensurable que ha caracterizado a los políticos y politiqueros, estos eran dueños de incontables álbumes.
Para aquellos tiempos, del monopolio de las comunicaciones, los precios por utilización del servicio de telegrafía no estaban al alcance de todos, razón por la cual, el Telegrama era un mensaje corto, ya que la empresa estatal liquidaba por palabra, letra o signo gramatical usado para escribir el texto. (Como se hace hoy en día para liquidar los clasificados en los periódicos).
La “chispa ocañera” no fue ajena a éste momento histórico de las comunicaciones y en torno a esta situación se construyeron, anécdotas que muchos recordamos con agrado, y que bien vale la pena comentar como testimonio para que las generaciones presentes comparen con las tecnologías actuales.
En los tiempos de estudiantes universitarios en la capital de la república, nuestros padres nos informaban a través de este medio el envió del giro para cubrir los gastos mensuales y uno, de igual manera, confirmaba el recibo. Alguien me comentó que un compañero desesperado porque no le había llegado el giro le mandó a su padre un telegrama en estos términos: “Papá avísame si enviaste giro”. Como se trataba de responder de una manera económica el viejo le dio respuesta, después, lógico, de colocar su nombre y dirección así: “UF”. Comentaban en los círculos ocañeros que es el telegrama más corto en la historia de las comunicaciones.
De labios de Jorge Carrascal Pérez, columnista de esta página, le oí alguna vez que fue tal el desespero de un amigo suyo en Bogotá porque no recibía el giro que ante tal situación resolvió enviarle un telegrama o Marconi a su viejo en los siguientes términos: “Papá envía giro o comida en cajas”
Mi amigo Jairo Claro le dio en la época de los sesenta por poner los ojos y el corazón en la bella figura de una piñuelera y llevar un amor platónico desde la capital del país. Otro amigo mío, cuyo nombre no puedo citar, fijó los ojos y todo el cuerpo sobre la joven en cuestión. Años más tarde, Jairo me comentó que ante aquella situación engorrosa y de jugar a “dos bandas”, la susodicha piñuelera resolvió, para salir del embrollo, enviarle un telegrama que a la letra rezaba: “Último comportamiento impídeme seguir contigo, envía fotos cartas” Hoy, Jairo no ha podido descifrar, después de varias décadas, aquel acertijo de “Último comportamiento”
Leyendo de nuevo la novela “Una derrota sin batalla” de Enrique Pardo Farelo, conocido en las letras nacionales con el seudónimo de Luís Tablanca, el carmelitano narra que cuando Juan Ayala, personaje central, lo nombraron encargado de la Secretaría de Hacienda del Departamento, el primero que se enteró en el pueblo fue el telegrafista quien “ni corto ni perezoso”, le comunicó a su esposa el “chisme bomba” y por intermedio de ella se filtró el suceso a toda la vecindad. A raíz de su nombramiento recibió sendos telegramas así: “Mis felicitaciones”, “Designación usted es promesa de éxito”, “Nombre suyo presagia mejores días”, “Liberalismo bien representado,”Cooperación suya será base fecunda prosperidad Departamento”,”Rindo pleito homenaje talento reconocido”, “Queda cristalizado Antiguo anhelo mío ver sus manos batuta”
En el campo romántico éste pequeño papel sirvió para enviar mensajes con expresiones amorosas que calaban en lo más profundo del corazón de los enamorados: “Distancia nos une cada día más, tuyo Toño”, “Mi vida sin ti es un desierto en la inmensidad del Universo, te quiere Pedro”. Y de bromas como esta perla “Cada día que paso sin ti, es como un desayuno sin arepa con queso, tuyo hasta capullo Muñeco”
El telegrama era la excusa clásica para justificar la no asistencia al colegio, universidad, una cita amorosa, un compromiso de negocios y de otras actividades sociales. En el año de 1968 cuando estudiaba en la UIS, recibí un telegrama de la casa que decía: “Tristemente te informamos murió abuelo Marcelino”.Ese telegrama no sólo me permitió viajar para acompañar a mi viejo al entierro del abuelo sino, que el profesor de biología por consideración me propuso que me colocaba la nota del primer parcial puesto que me había ido bien.
Clásicas maneras y telegramas tipo se redactaron por aquellos años felices. Para solidarizarse con un familia que tenía un enfermo grave se le enviaba un Marconi en estos términos: “Rezos Virgen Torcoroma pronta recuperación salud don Alejandro”. Si el paciente fallecía se redactaba un telegrama con este texto “Unímonos dolor embarga esa familia perdida irreparable patriarca liberal”. Para los cumpleaños era normal este tipo de textos: “Onomástico suyo llena felicidad familia Dios Todopoderoso prolongue existencia”
Cuando uno estaba lejos del ser amado, caso nuestro de estudiantes universitarios, se le escribía anunciado el viaje de esta manera: “Próximo viernes 15 viajo esa estar contigo disfrutar vacaciones y fiestas. Abracaricias” Se utilizaba por razones de orden económico el “comprimido” Abracaricias en lugar de abrazos y caricias. Para grados era normal que nuestros padres recibieran notas en este estilo: “Culminación bachillerato tu hijo Muñeco abre puertas Universidad. Felicitaciones extensivas Margarita resto familia”
La regla de oro para redactar un texto era buscar las palabras claves y además lograr que la persona a la cual llegara el telegrama, entendiera los acertijos. Las altas tarifas fijadas por este servicio llevaron al usuario a escribir de una manera enredada, utilizando jeroglíficos los cuales debía descifrar quien los recibía. Experto en la época para redactar telegramas fue mi primo hermano Freddy Guerrero Lobo (q.e.p.d.) a quien buscábamos con frecuencia para que nos ayudara a la redacción de estos mensajes de una gran contenido social.
De moda en aquel entonces usar abreviaturas y del nombre y apellido por razones, repito de carácter económico, y como identidad personal. Mi tío político Octavio Montaño adopto el acrónimo de “Octamon” para enviar y recibir este tipo de comunicaciones. Muchas casas comerciales hacían lo propio con su razón social. Comparando el pasado con el presente me atrevería a decir que, esa sigla era el “correo electrónico” de la época que a decir verdad sí se configuraba como tal, pero no virtual sino físico.
ALVARO LOBO AMAYA