Mayo 13, 2008
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La plaza de mercado que yo conocí - Por Jorge Carrascal Pérez

Febrero 3 de 2007
Conocida la noticia del gran desastre ocurrido en días pasados en Ocaña, creo que  el más grande, devastador y de mayor número de personas damnificadas que se tenga conocimiento en época actual, el pavoroso incendio desatado en predios del mercado principal, me ha invadido un sentimiento de pesadumbre y solidaridad que hizo que me identificara con la desdicha de sus ocupantes, y  me impulsara a dejar registrado en forma escrita el doloroso acontecimiento.

 

Conocida la noticia del gran desastre ocurrido en días pasados en Ocaña, creo que  el más grande, devastador y de mayor número de personas damnificadas que se tenga conocimiento en época actual, el pavoroso incendio desatado en predios del mercado principal, me ha invadido un sentimiento de pesadumbre y solidaridad que hizo que me identificara con la desdicha de sus ocupantes, y  me impulsara a dejar registrado en forma escrita el doloroso acontecimiento. Primero, por la inimaginable cantidad de personas ocupantes que lo han perdido todo, incluso la posibilidad de un retiro justo y merecido. A muchos los vi crecer ayudando a sus progenitores en la permanente labor de ordenamiento, pesaje, y entrega de mercancías, “el surtido”, que, a veces, tenían regadas por el suelo, y, otras, las más, ordenadas con esmero y pulcritud en afianzada  estantería de metal o madera. Y segundo, por lo que para mí representa el edificio mismo en el que se hallaba instalado el comercio de una mercadería rica en cantidad y variedad.

Vivíamos en el barrio de San Agustín, y por cuestiones de cercanía y de la inveterada costumbre ocañera de comprar casi a diario los alimentos que van a consumir, mis papás nos llevaban a acompañarlos turnadamente a la plaza de mercado. A mí me gustaba hacerlo, no por el deseo de ayudar a cargar la pesada y resbalosa papaya, o la mano de pecosos guineos, o los peludos cocos, sino por ir a ver las parlanchinas loras traídas de tierra caliente, los enormes piscos levantados a punta de sobrados y de uno que otro puñado de maíz pergamino, los orejones y peludos conejos royendo pedazos de zanahorias, y el solitario y encadenado mico con sus morisquetas e incesante subibaja.  Hechas las compras, papá me recogía a regañadientes de esos mini zoológicos, en los que trataba de imitar las voces y el comportamiento de cada uno de ellos. Menos mal don Carlos que vino a llevárselo porque ya tenía cansado al mico, y afónico el pisco de tanto hacerles repetir las monerías y los guru-guru, decía a mi papá el dueño de los desesperados animalitos.

 

Recuerdo que para esa época, años cincuenta y sesenta, todavía no existía en la plaza de mercado la separación de los productos cárnicos y vegetales. Todo quedaba en un mismo lugar. Y en lo que hoy es el área de los carniceros, solamente se veía un terreno plano en el que se le daba el uso de pequeña cancha de fútbol para niños, o servía de asiento a  “el maravilloso circo de los hermanos Aguilar de Méjico” -que ni eran hermanos, mucho menos aztecas, sino simples “águilas” antioqueñas-, instalación a la “ciudad de hierro” que así llamaban anteriormente a los actuales parques mecánicos de diversión. Aparecían de la noche a la mañana, como por arte de magia, así lo pensábamos, con sus multicolores y deslumbrantes luces, el equipo de perifoneo colocado en lo más alto de mástil, las sillas voladoras, la rueda de Chicago, el carrusel de caballitos, la incipiente montaña rusa, los carros chocones, todo esa amalgama de atracciones mecánicas adornadas con rutilantes luces de mil colores y fantásticos dibujos. Era el momento preciso en el que también se despertaba el inmenso deseo de los niños para que los papás los llevaran a recrearse en ese deslumbrante mundo de alegría, que permitía, de paso, dar rienda suelta a la contenida y desbordante energía infantil. De ahí salía uno cansado, y después del infaltable tetero hecho de deliciosa tablina, lo metían en la cama y “a dormir se dijo, dijo el padre Clavijo”.

Ahora que escribía sobre las pesas, nombre que todavía conservan en Ocaña los expendios de carnes, recordé que uno de los compañeros míos de escuela primaria, era Emiro Bayona y cuyo papá trabajaba de pesero. Él ayudaba en el trabajo, y pienso, sin temor a levantar falso testimonio, que por la premura del tiempo y el penetrante olor a sangre de las carnes, no alcanzaba a bañarse completamente y llegaba al salón envuelto en un vaho sanguioloroso. Como los pupitres los colocaban  en orden alfabético, teniendo en cuenta la primera letra del primer apellido, entonces él por ser Bayona y yo Carrascal, quedábamos cerca uno del otro. Me fastidiaba tanto el olor -para mí, fétido- que expelía, que suplicando le pedí a la entrañable profesora Josefina Peñaranda, hoy de Pitta, me cambiara de lugar. Esta anotación refuerza mi hematofobia, y la aseveración que principiando hice sobre “a muchos los vi crecer ayudando a sus progenitores”. Lo humilde no quita lo valiente, reza el refrán.

 

Antes del percance había vuelto de nuevo a la plaza de mercado, en busca de Óscar Dueñas, el siempre proveedor de víveres para la casa, y  de Carlos Angarita, el  ingenioso dueño de la caseta en la que se encontraba y arreglaba toda clase de relojes, para saludarlos, preguntarles por la suerte de sus negocios, y desearles lo mejor. De paso, recorriendo la efervescente calle del “Dulce Nombre”, entraba a saludar a mi pariente Hernando Sarmiento, al afable Carrique Lemus, al amistoso Rafael Guerrero, al rebuscador “Chichí” Álvarez, y a la generosa Lucila Carrascal. ¡Qué baño gratificante entraña este recorrido, tan corto en extensión pero tan  largo en emociones!

 

Ayer, recién supe del quemante suceso e impulsado más por el corazón que por la razón, tomé el teléfono, y valiéndome de la tarjeta de presentación  -KZ Charles. Venta de toda clase de relojes, manillas, pilas y calculadoras. Le reparamos su reloj. Carlos Angarita.M. Técnico. Calle 13 con calle 8  esquina. Tel 5690477. Mercado Público. Ocaña N.de S., marqué el número de mi, pienso, atribulado amigo, y …pero qué va, ¡nadie contestó! El cable, al igual que el pequeño negocio, obviamente también se había quemado… Reaccioné, razoné, y me dije: ni para qué intento llamar a Óscar, sería vano.

 

Pienso en los pájaros que se encontraban en una de las entradas alegrando el ambiente con sus cantos como perdonando el cautiverio al que los mantenían sus hermanos “más inteligentes”, y me conturba el hecho de que todavía mucha gente, sin excluir las fuerzas civiles, militares, eclesiásticas, los bomberos, la prensa televisada, escrita y hablada, se atreven, ingenua y socarronamente, a pregonar ¿a vuelo de pájaro?: Nos consuela poder decirles que por fortuna no hubo sino pérdidas materiales…

¿Se les olvidó acaso el alto espíritu sensible de los ocañeros y su ancestral ornitofilia?

 

Y ya que de aves tratamos, terminaré diciendo que, así como los antiguos creyeron en un ave fénix que bajo sus alas hizo una pira de incienso y plantas aromáticas, y se inmoló, y después fue capaz de renacer de sus cenizas, ojala también los ocañeros, reuniendo esfuerzos y aunando voluntades, podamos hacer que de entre los escombros de la vetusta y consumida edificación del mercado público, también podamos hacer que renazca una nueva plaza que sea la honra y el orgullo de todos nosotros. Amén.

 

JORGE CARRASCAL PÉREZ.

Ibagué Enero 30 de 2.007


Escrito por: admin
Fecha de publicaciòn: 03/02/2007
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