Mayo 13, 2008
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Elegía a una gran madre y señora, Esther Patiño de Gómez. - Por Jorge Carrascal Pérez

Febrero 3 de 2007

Hoy acabo de saber que se había ido...

Miré la calle con la mirada incierta del divagante, y por entre los cristales manchados de la ventana quise dejar escapar, hacia ninguna parte, la tristeza que se hospedó en mí.

 

Hoy acabo de saber que se había ido...

Miré la calle con la mirada incierta del divagante, y por entre los cristales manchados de la ventana quise dejar escapar, hacia ninguna parte, la tristeza que se hospedó en mí.

Vi que la tarde era oscura, que no se sentía el arrullo de la paloma torcaz, ni el aletear de su frenético vuelo, ni la suspensión del colibrí amatista.

Y también pude darme cuenta que la brisa se encontraba engarzada, apresada y quieta en las ramas del árbol que se secó esperando el seductor y hechicero beso de la savia.

Qué atardecer tan pesaroso éste, me dije desconsolado, casi gimoteando.

 

En el telón oscuro del firmamento, que de vez en cuando maquillaba de blanco el relámpago fugaz anunciando lluvia, pude ver proyectadas las imágenes de un tiempo lejano que se diluía como el perdón en las plegarias del penitente. Las nubes parecían camafeos en los que encontré dibujados los perfiles de su fructuosa  existencia. Vislumbré la ternura de su figura, la solidaridad acompañándole los pasos, la generosidad tallada en la palma de sus manos, la bondad revoloteando en el cuenco de sus palabras, y el cariño y la dulzura arropándole el cuerpo de pies a cabeza, como una manta.

 

Hablé con allegadas voces que confirmaron la realidad de su partida. Concordaron en que su marcha fue, ¡honor a su fortaleza espiritual!, sin ayes lastimeros, con dignidad y decoro. Me atrevería a reconocer en la quietud de su rostro, la placidez y tranquilidad de quien fue avezada timonel, infatigable batalladora, y pundonorosa vencedora.

Sin reniego alguno, sin alardes ni engreimientos, enrumbó la nave hacia allá…

 

En el trance a la inmortalidad, debió tener empuñada, ¡lo sé yo!, en la mano derecha, la enhiesta lanza de la probidad, y en la otra, el blanco clavel del amor y la humildad.

 

Cerró los ojos, ¡silencio, no quiero oír nada!

y se apagaron la sonrisa, los besos, la voz

el paisaje se tornó agreste, mustio, sombrío

y no hallaron flores en el campo los tominejos

la cascada tiñó de negro sus blancos crespones

y el canto melodioso de los turpiales, enmudeció

una cruel ventisca asoló por siempre el sembradío…

¿adónde ella?

¿adónde vos?

¿adónde yo?

¿adónde todos?

¿adónde?

 

JORGE CARRASCAL PÉREZ.

Ibagué enero 25 de 2.007.


Escrito por: admin
Fecha de publicaciòn: 03/02/2007
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